viernes, 6 de diciembre de 2013

NULIDAD MATRIMONIAL



Mi boda fue realmente bonita. La preparé a conciencia. Papá contribuyó blanqueando buena parte de su capital. Un traje de ensueño en un lugar de ensueño. Delicados encajes blancos acariciaban mis pechos mientras el suave satén blanco apenas cubría la delicada actuación que en mi vello púbico realizó aquel maravilloso salón de estética. Flores blancas en la iglesia, ceremonia inmaculada y blancos pétalos acompañaron la salida.

Sobre los níveos manteles del convite se degustaron blancos espumosos, se mostraron las más nacaradas sonrisas y se profirieron los más limpios brindis y promesas. Blanco de todas las miradas fue el hermano de mi recién estrenado esposo, joven musculoso al que unas blancas canas aumentaban su atracción entre las invitadas. Tras la velada y tras una animada noche en blanco, yo sí que fui el blanco de todas las miradas al ausentarme con mi estrenado cuñado en los impolutos servicios del hotel de lujo. Allí pude notar, y hasta degustar, que bajo sus bóxers blancos se escondía el dotado manantial del más blanco y cremoso de los fluidos. Nunca debí dejar que la escena fuera blanco del objetivo del fotógrafo oficial de mi boda.