lunes, 7 de abril de 2014

EL VUELO por Wi RR



Tenía mi mano sobre su coño, no exactamente, para ser preciso sobre un débil y suave camisón, eran las cincoyveinte de la mañana, notaba los pocos vellos muy cortos que cubrían su pubis en la palma, un leve calor recorría mi cuerpo. Sé que la quiero mucho pero no es mi pareja, somos amigos especiales con derecho a todo... ¡Una morena así  no se puede perder! Estos momentos son de los grandes placeres de la vida, es el paraíso terrenal, soy consciente de ello y eso refuerza mi felicidad momentánea. De todas formas somos muy diferentes.
Hace años que la conozco, nunca me había fijado en ella, un gintonic hizo el resto, para que luego digan que el alcohol es malo!,  la gente quiere opinar de todo, son unos incultos la gran mayoría , además de "demócratas"…¡Este país!...         Bueno Alberto, vuelve donde estabas, al coño que estás dejando  para ser tan infeliz como ellos. Julia me recriminaría por pensar así pero ahora está dormida y controlo yo el espacio de las sábanas.
La cena estuvo estupenda, un hilo de sudor le cae a lo largo de la espalda, lo arrastro con un dedo hasta un hueco que tiene en ella así logro llenar su piscina, pienso si yo he sido el único en descubrirla como tal, últimamente quiero arrojar peces al interior de su espalda, seguro que eso no lo ha hecho nadie...
Me gusta el sudor de sus axilas, me recuerdan textos de Margarite Duras, en ellos descubro la frescura, la intimidad, es donde posiblemente más la encuentre, donde más seamos.
Estiro la sábana, me preocupo si en la nevera habrá zumo para la mañana.
Me doy la vuelta en la cama y pongo mi culo contra el suyo. Pienso en su piel, su coño y me arrojo a él, Julia seguía dormida pero me abrió las piernas, cogió mi mano e introdujo un dedo dentro de él, se movía como una puta, estaba excitadísimo y empecé a refregarle la lengua por su vulva.
-¿Te gustan mis pezones? - me preguntaba mientras la  acariciaba, ella sacaba la lengua y me miraba muy excitada. Le confesé parte de mi amor, dentro de unas horas volaba a Amsterdam y se me estaban quitando las ganas de viajar.
Retiró bruscamente toda la ropa de la cama y me empujó por la nuca contra su pubis mientras me acariciaba, un líquido dulce y caliente entraba en mi boca, se agarraba las tetas y gemíamos de placer.
- Tiene usted el asiento de la ventanilla-, me indicaba una morena que nada se parecía a ella. Saltando el asiento de al lado, gracias a Dios vacío, ocupo un lugar demasiado frío. Me acaricio la cara y un suave olor a sexo hace que me lleve a chuparme el pulgar. Me veo reflejado en la ventanilla y dos horas y cuarto después aterrizo a dos mil kilómetros del rebujo de sábanas.
            Me estaba esperando en la puerta del bar,
el Café Jazz Alto.
- Hola Marisa cariño, ¿cómo estàs?

viernes, 4 de abril de 2014

MATADOR por Amano Lete



En el ruedo silencioso de la madrugada pasada, mi mirada fija quedó atónita ante la pantalla, una foto recibida me hizo sufrir en las carnes el veneno del toro.

La imagen de un estoque erecto y curvo inundaba por completo mi pantalla y acuchilló con un gemido mi garganta, mis labios inflamados no podían articular palabras, esa foto había abierto en canal mis ansias…

Pensé que si la foto conseguía tal efecto, qué no sentiré con el arreón de su empuje...

Su miembro descomunal apoyado sobre la femoral izquierda en un contraposto imposible se mostraba oferente y receptivo.

No lo he pensado dos veces, he pasado toda la noche con esa imagen rondando mis muslos, tiene que ser matador como ninguno... Lo he citado en el ruedo más cercano a mi casa, ya lo veo venir de lejos, no hay duda, trae su silueta bien remarcada, la sorpresa es que me trae a su cuadrilla, dice que el más joven toma hoy la alternativa, sólo oigo ruido de burladeros, es un acoso y derribo, ahora el matador lo aparta y remata la faena, como imagináis estoy de placer hasta las trancas, entendedlo, ahora mismo no puedo seguir con esto, estoy sola para el arrastre…

viernes, 28 de marzo de 2014

MAÑANA DE MARZO por Asun





Tras mi ventana reinaba la primavera aunque yo andaba distraída con mis cosas. Hace mucho que se me pasó el arroz y con él, hombres que de verdad me importaron. Aún hay algunos que me pretenden pero no provocan un mínimo deseo en mí, a veces, sólo algo de risa, la verdad, por lo que ahora cultivo telarañas.
Todo estaba en calma, pues, hasta esta mañana que dejó de estarlo. Me ha dicho que 'pasaba por aquí...'  no le he creído, le gusta aparecer sin avisar, tampoco lo hacía cuando no podía venir si quedábamos, cuando vernos era entonces, una hermosa costumbre, no es mala educación, sólo una práctica más de tortura, supongo.
Mi cara se ha iluminado con sus ojos mientras repasaba mentalmente el estado de mi maquillaje, pelo... coquetería femenina pa ná, da igual, me ha besado antes de que pudiera casi saludarlo.
Primer pensamiento: es un fresco, soy una tonta; segundo pensamiento: frescos son sus labios, soy dichosa. Dejo de pensar y disfruto.
Me quita la ropa a medias. El vestido, desabrochado, huelga sobre mi cuerpo estorbando, un pecho asoma por el sujetador, casi haciéndome daño, las bragas se quedaron por encima de las rodillas... Sin embargo me siento cómoda y sobre todo, bella, sensual, viva. La primavera entra en mis venas de golpe, el olor de su cuerpo me invade como mil azahares. Me dejo llevar por sus manos: ahora me hacen gozar con sus dedos, luego me colocan arriba, de espaldas o de rodillas y culminan siempre acariciando mi cara. Es un amante certero pero reservado. Nunca sé que piensa si es que hay que pensar algo de todo esto. Nunca lo llamo, sólo lo espero. Volverá, me dice, pero no sé cuando, quizás una mañana como esta de marzo, quizás.

domingo, 23 de marzo de 2014

CARTEL por Hodenleiter




Le dije una y mil veces que no me convencían los carteles de las fiestas primaverales. Que les faltaba verdad. Que no conseguían plasmar la explosión que se produce en las calles, cuando estalla el azahar y la ciudad se convierte en una muchacha que arde por las esquinas.

-Te voy a enseñar un cartel, a ver si te gusta...

Me lo dijo y se fue de la habitación. Al cabo de un tiempo que se me hizo eterno, regresó. Desnuda bajo el mantón negro bordado en rojo. Me miró con esos ojos que parecen los del puente de Triana. Su boca iba de la sonrisa a la lascivia, de la lujuria a la ternura. Se colocó delante de mí.

-Aquí tienes tu cartel...

Y como un torero se abre de capa para recibir la primera embestida del toro, se abrió el mantón para que mis pupilas temblaran ante la onda expansiva de sus pechos. Dicen que un buen cartel debe ser un grito en la pared. Aquella noche, los gritos traspasaron las paredes hasta llegar a la luna llena de marzo.

viernes, 28 de febrero de 2014

EMPERATRIZ

Ilustración: Raquel Suero

Baile de máscaras. La publicidad no daba lugar al engaño: disfraz libre y máscara obligatoria. Una cuestión de anonimato para la más sugerente de las fiestas.
Cuando opté por transformarme en Casanova no podía intuir que los deseos y las realidades podían formar una pareja tan indisoluble: encajes, sedas, terciopelos y peluca pedían toda una emperatriz para satisfacer mis deseos. Y ha llegado, vaya si ha llegado. En medio de una monotonía de enfermeras trasnochadas, de monjas irreverentes, de brujas narigudas, de policías bien dotados, de generales engominados y de beneméritos provocadores, ha llegado ella, el verdadero cuerpo de la fiesta. Porta una máscara. Y un disfraz tan libre que ha llegado a parecerme inexistente… Cuando ha accedido a bailar conmigo me ha explicado algo sobre un traje nuevo, sobre una tela especial, sobre la magia de una prenda que sólo pueden apreciar los inteligentes y aquellos que sepan interpretar bien su profesión. No sé si es la noche, la magia, el alcohol o el calor de su cercanía, pero hay algo que me confunde. Bailamos más que pegados y mis manos parecen resbalar por una piel desnuda que pasa de tibia a caliente, por unas curvas que pasan de espalda a honestidad perdida, por un cuello que pasa de sugerencia a rotundidad de unos pechos cuya dureza invita al más profundo de los exámenes. Traje nuevo. De emperatriz, creo que me ha dicho. Cuando mis manos se dejan caer entre sus piernas no parece haber obstáculo a la voracidad de mis dedos y no creo recordar aquello de la inteligencia para comprender la calidad de sus pretendidos ropajes. La música apenas camufla un largo y suave gemido en la noche de la apariencia.  Acaba el vals y parece haber terminado un sueño que no sé si he llegado a protagonizar. Baile de máscaras. La ardiente humedad que chorrea entre mis dedos parece confirmar mi sentido de la realidad. Ya puedo confirmar que la emperatriz no ha salido de ningún cuento. Ni colorín. Ni colorado.  


lunes, 24 de febrero de 2014

SENTIR por Martini



El leve ruido de la lluvia de aquella mañana de invierno le despertó.
Aún era temprano. Estaba sola en casa.
Dejó que su cuerpo, perezosamente, se deslizara entre las sábanas.
Se incorporó y se vio reflejada en el espejo que tiene en su dormitorio.
Esbozó una sonrisa, picara y alegre, cuando le recordó;
su primer pensamiento fue para él.
Y allí, frente al espejo, dejó rienda suelta a su imaginación.
Deslizó sus manos sobre sus pechos y las fue bajando lentamente
hasta alcanzar su sexo.
Sintió que él la iba desnudando, despacio, casi ceremoniosamente.
Sintió el calor de sus labios recorrer con sus besos su piel deseosa.
Sintió que su cuerpo se erizaba y se encendía como una hoguera.
Se abrazó a si misma, imaginando que su amante le llevaba por los
caminos del placer, mientras que su sexo, excitado, humedecía sus braguitas de encaje.  Se sintió deseada, feliz, afortunada…. mientras imaginaba la dulzura de su voz.

domingo, 16 de febrero de 2014

EL ALBERGUE por Humberto G.



Compartir la habitación con una extraña siempre puede traer consecuencias imprevistas. Lo pude comprobar hace ya tiempo en lo que llamo mi primera madurez, o última juventud, tiempo en el que todavía no me había acomodado a las rutinas y las bellezas de la cama propia, la habitación serena y las sábanas de hilo blanco. Viajaba sin maletas en aquel entonces y sin lugar fijo de residencia, por un tiempo. Solo y sin saber casi nada de la vida, en fin.
Acabé aquel día en un albergue y en una litera mal llamada. Tenía barrotes como de cama de sanatorio que había visto en películas de guerra. Recuerdo que pensé que sólo quedaba que apareciese la enfermera hermosa con cofia y uniforme celeste. Era un romántico (no sabía nada de la vida).
Una larga caminata buscando no me acuerdo qué me tenía reventado así que no me dio ganas más que de desvestirme y acostarme en la cama de arriba de la litera en aquel cuartucho vacío. Un albergue vacío, la noche, el cansancio: me quede dormido enseguida (era joven).
A media noche, sin embargo, me despertó un ruido. Alguien entró con cuidado en la habitación, se desvistió en la oscuridad y se metió en la cama de debajo de mi litera. Con el rabillo del ojo, semidormido, no pude, sin embargo, evitar cerciorarme del sexo de mi acompañante, por si acaso. Con extrañeza y regocijo vislumbré la forma de unos senos y con ese pequeño robo que me pareció una suerte deliciosa, me adentré en un sueño consolador, hasta cierto punto maternal, y quedé otra vez dormido.
Me desperté de nuevo, no sé si pasó mucho o poco tiempo porque lo pasé dormido y la luz no había cambiado. Un sonido fue el causante de esta nueva interrupción. Un sonido, o una queja... un suspiro o un gemido... :todo ello unido quizás. Mi compañera de litera se estaba masturbando.
Intento hacer memoria. Hago memoria desde entonces para rescatar todos los detalles, para completar el cuadro en toda su cruda y obscena realidad. Era joven y audaz pero mis vivencias eran limitadas y la masturbación femenina era todavía un concepto teórico muy lejos de ser un hecho desvelado, claro, vivido.
Intento recordar aquella escena y ya no sé qué es realidad y qué imaginación. Ella resoplaba como si de dentro surgiera un vaho que pudiera llegar hasta mi: visible; como un rugido sordo pero audible. Notaba acercarse, como una locomotora, la velocidad, porque la respiración era cada vez más rápida, y la litera sufría ya un mecerse que parecía el de un palio de mi tierra. Recordé mi tierra en aquel momento, y el recuerdo me resultó incómodo. Miré, sí. Me asomé. Pero sólo un poco. Si no le importa hacer ruido ni tampoco mover la litera, no le importaría que mirara. Desnuda, de cintura para abajo (una camiseta blanca), se contoneaba encima de la cama, con dos dedos, el índice y el medio de la mano derecha, metidos hasta la empuñadura (otra vez me acordé de mi tierra, un par de semanas después que la otra vez), la base, quiero decir de sus dedos. Como un amasijo de vello suave, esponjoso, voluminoso, que se veía subir y bajar al compás de un chapoteo, que ya se oía, su rugido, cada vez más fuerte, y el movimiento de sus dedos y sus caderas.
El tiempo no existe y la sonrisa no debe existir en ciertas circunstancias. Nunca me he puesto más serio que en ese momento, y tampoco recuerdo el tiempo que duró. De todas maneras el recuerdo hace de aquel momento algo inmortal o tan mortal como yo mismo.
Yo no hice nada. Ni con ella ni conmigo mismo.
Se corrió salvajemente: gritando. Se tapó con la sábana y se durmió después de susurrar:
-Buenas noches.
-Buenas noches -contesté con un sonido casi inaudible en medio de un silencio sobrecogedor.
No acabo de asimilar que podía mover a una joven a deleitarse consigo misma en aquella estancia, en circunstancias tales. Con un hombre que no conocía de nada durmiendo encima, en una litera inmunda. Un acto de exhibición salvaje como nunca he visto.
Para cuando me desperté ya se había ido. Había dejado las sábanas allí, hechas un desorden, miré las sábanas y de sus arrugas parecía emanar un olor dulzón y agrio a la vez, un olor casi visible, el olor de la obscenidad.

miércoles, 12 de febrero de 2014

APOYADA EN EL QUICIO por Assumpta




Apoyada en el quicio, no de la mancebía sino de la puerta de mi bar, lo veo pasar cada mañana. Ventipocos años envueltos en ropa deportiva recorren la calle con un trotecillo alegre que me hace tragar saliva.

Me recreo en sus movimientos, en la perfección de sus piernas, en su pecho jadeante, en su boca... le miro todo el cuerpo con descaro. Nuestras miradas se cruzan, y como no tengo nada que perder, le sonrío. Él sigue con su dulce trotar sin inmutarse. 

Hoy llueve a mares, mi adorado muchacho no saldrá a hacer deporte, pienso. No hay nadie en el bar ni en la calle. Aburrida, miro el reloj, con ganas de irme ya. Entra. Sus ojos lo iluminan todo.

-          ¿Qué vas a tomar? le digo con cortesía.

Veo que tiembla al tomarse su refresco. Mi imaginación ya lo ha desnudado e intento frenar mis muslos que sueñan con atraparlo.

Me coge del brazo diciéndome:

-          Voy a ser muy directo: me doy cuenta que me miras siempre que paso por aquí. ¿Quieres algo conmigo? Yo sí… no dejo de pensar en ti. Perdona si te…

Lo callo con un beso. Para poca vergüenza, mejor ninguna. Apago las luces, cierro la puerta del bar y me meto bajo su paraguas. Me agarra por la cintura mientras caminamos en silencio hasta su casa que está al final de la calle. Nunca un trayecto tan corto me ha parecido tan eterno, ni la lluvia tan seca, ni el frío tan indiferente.

La leona espera con aparente paciencia que su gacela abra la puerta cuyas llaves parecen esquivas. No era la primera vez que estaba con alguien mucho más joven. Llevaré yo las riendas, pensé, la juventud puede ser tan bella como inexperta, pero me equivoqué. Y tanto que me equivoqué: ¡miauuu! Gata ilusa que es una.

-          Lo vamos a pasar muy bien, te lo prometo. Me dice con seguridad.

Apoyada en el quicio, esta vez de su habitación, me deleito viendo como se va desnudando, pero su hermoso cuerpo no puede competir con su rostro. ¡Vaya hombre más guapo por Dios!

Mi cuerpo se paraliza ante tanta belleza junta. Es él, quien con besos, con caricias, me va quitando la ropa y relajando poco a poco. No sé cuántas manos siento por todo mi cuerpo. Dos, pero son muy habilidosas: tocan, acarician, hurgan, dominan... Me tumba en su cama haciéndome poner mis pies sobre sus hombros. La postura es de entrega total, su boca rápidamente se hace dueña del lugar. Su lengua me da un repaso que sus sábanas y yo nunca olvidaremos. ¡Cuánto sabe esta criatura!... Aquí la inexperta soy yo que no puedo controlar mis gemidos que se han convertido en los gritos dislocados, histéricos y sin ritmo de una primeriza. Exhausta y bastante empapada intento corresponderle pero no me lo permite. Me arremete como un toro bravo, aunque con nobleza, mientras me susurra:

-Así te imaginaba cada vez que te veía apoyada en la puerta, así… así… así…

Sus embestidas no solo me dan más placer del que ya acumulaba sino que me espabila y despierta del delicioso yugo de su voluntad. Tomo las riendas. Lamo sus ingles, muerdo sus muslos antes de saborear el manjar que rendido, pero no humillado, queda postrado ante mi boca. Ahora soy yo la que devora a esta gacela traidora, ahora es él quien suplica, quien está a merced de mi lengua. Me detengo, lo dejo con la miel en mis labios, quiero devolverle las embestidas anteriores pero el fiera de mi niño, de mi hombre, tiene otros planes para mí.

Al oírle decir que tengo que relajarme intuyo por ‘donde van los tiros’, sobre todo cuando ya lo siento en mi espalda.  

Decide aprovechar las dos opciones que tiene por delante (en mi caso, detrás). Con una se esmera con suavidad, la otra con ímpetu, vuelve a la primera, parece que se recrea, pero retoma la anterior, con esmero. Me pregunta:

 - ¿por aquí?- y cambia.

- ¿o por aquí mejor?- vuelve a cambiar.

- dime, ¿por dónde te gusta más?- sabe que no tengo respuesta

- ¿prefieres esto?

- Ah… veo que esto más… o no? A ver…

Sigue preguntando y alternando, mis gritos ya me impiden escucharle, hasta que el placer nos vence a los dos.

Apoyada en el quicio, veo en el espejo a una mujer agotada pero que sonríe feliz. Sigue lloviendo a mares.

martes, 28 de enero de 2014

TRAPECISTA



Ilustración: Raquel Suero 
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Cada mañana se cuelga sus alas para trabajar y sus alas para soñar. Sueña et labora. A veinte metros sobre el suelo podría ser el título de un folletín romántico, pero, para ella, el trapecio no es figura geométrica sino lugar de trabajo. Y de sueños. Y de deseos. Cada día ensaya con su ángel de la guarda en las alturas: estiramientos, tensión, distensión, relajación, piernas al cielo, mano en la cintura, cadera en la cadera… Preparativos al salto mortal que pregonará, en funciones de mañana y tarde, la voz obesa de un presentador decimonónico. Ensayo tras ensayo, sueña con el triple mortal de las grandes funciones, pero no deja de suspirar con esas manos fuera de lugar, tocando más que rozando, disfrutando más que conteniendo.
Hoy es día de función doble y el rito y la regla se han repetido bajo el círculo de luz que los ha enmarcado en la oscuridad del espectáculo. En la primera función se ha repetido el milagro. Triple salto mortal, aunque nadie ha notado su sensación de vacío. Por la tarde ha decidido alterar las reglas. Adiós a la norma, bienvenido el sueño. Eso ha pensado mientras se ataba las estúpidas alas de plumas que la transforman en el escenario. Sueño que parecía una premonición cuando, entre gritos engolados de obesidad decimonónica, ha notado la avería del cañón de luz. No ha notado el círculo luminoso. Sí ha notado las manos en su cintura. Y en sus caderas. Y en su entrepierna. Y en su sexo. Su ángel parecía haber perdido las alas y haberse convertido en demonio con dedo acusador de sus profundidades. No han sido las piernas las únicas que han llegado al cielo. Triple ha sido el gemido. Al aparecer el foco de luz, el vacío ha inundado el centro. La emoción ya había dado su salto. Milagro que no haya sido mortal. A veinte metros, la nada. En el suelo, el todo. Algunos hablan de inconsciencia, pero, en la camilla,  promete atarse todos los días sus alas para soñar…

martes, 21 de enero de 2014

COMIDA por Assumpta



- No quiero que hagas nada, le digo.
No hace falta; que se relaje, que me deje hacer a mí. Desobedece besándome como solo él sabe. Su lengua se desplaza por mi boca inundándola de una saliva fresca que me sosiega, preparando mi paladar para lo mucho y bueno que me queda aún por saborear.
Mientras abro su camisa, el aroma que su cuerpo desprende enloquece mis sentidos... me puede. Le muerdo el cuello, empezando a notar la sal de esa piel que ya suda inquieta por lo que está por venir. Mi lengua sigue su camino, repaso sus pezones después de besar su pecho, cree que voy a seguir descendiendo pero me desvío del camino mientras nos vamos quitando la ropa. Me acerco hacia su axila, lo desconcierto pero me deja hacer. Beso, huelo, me voy lejos... Huele a tierra mojada, a bosque fresco, a torrente de agua... serán las feromonas o yo qué sé. Huele a hombre puro y duro.
Me acaricia la cara mirándome fijamente. Enfocada por sus grandes ojos tiemblo, muerdo la mano que me dará de comer y comienzo a chupar desde el pulgar hasta su meñique de manera un tanto ordinaria. Truco fácil para disimular que no puedo aguantarle la mirada. En sus dedos queda el rastro salobre, húmedo aún, de sus incursiones en mi sexo. Se muerde los labios al ver que lo paladeo con picardía. Le desabrocho ilusionada el pantalón como quien desenvuelve un regalo, mi regalo. Entonces él se deja hacer… para eso ha venido, es lo que espera, lo que desea, lo que le gusta.
Empiezo dando besos muy cortos, mientras con mi mano voy tomando posesión de tan deseado presente.  Me la refriego por la cara como un dulce látigo que más que dañar me trastorna. Ni él ni yo podemos aguantar más. Hundo la cabeza en su vientre, mi boca lo abarca todo mientras sus manos aprietan mi nuca. El poco espacio del que dispongo no impide que mi lengua se mueva y que apriete mis labios con un falso mordisco. Gime débilmente pero yo sé que le encanta.
Intenta contenerse, parar… no lo dejo. Yo sigo a lo mío. Me aparta el pelo de la cara para verme bien. Mi adorado hombre depende ahora de mi habilidad final. Siento los latidos acelerados de su corazón en mi garganta. La desconfiguración de su rostro y su sonrisa lo delatan, aunque yo ya saboreo la prueba concluyente de su gozo.

martes, 7 de enero de 2014

BARRY WHITE por María José Durán




A ella, Barry White le recordaba a su madre. Era absolutamente inevitable. Desde niña la escuchaba pasar la aspiradora un sábado por la mañana con los discos del ídolo negro de los 80 a todo volumen para acallar los alaridos del maldito aparato. Mientras ella, en su habitación, intentaba desgranar los misterios del orgasmo con la yema de sus dedos.
Huelga decir el desastre que vivió el resto de su vida cuando alguno de sus amantes intentó usar la banda sonora del amor por excelencia para bajarle las bragas. Las flores, los masajes con aceites perfumados, las cenas a la luz de las velas y demás mariconadas que se ven por esos lares fueron inútiles. Un solo acorde del Love's Theme, una sola nota de esa voz ronca y varonil en Oh me, Oh my, (I'm such a lucky boy) y su libido caía por los suelos, inventando excusas para desbrozarse de los tentáculos del pulpo de turno.

No es que fuera una estrecha, ni muchísimo menos. Marta se entregaba al sexo sin tapujos ni rendiciones pactadas a pesar de que aún seguía bregando por despejar la incógnita del clímax en la ecuación del sexo en pareja. Alguna vez le había pasado, no me malentendáis, pero aquellas ocasiones habían sido más una sorpresa que otra cosa. Y disfrutaba del sexo, ou yeah. Pero para ella abrirse de piernas era más bien un acto fútil de esparcimiento.

Como los hombres esas cosas no las entienden (y según creo las mujeres tampoco), Marta fingía sus orgasmos sin remordimiento ni pesar alguno. Secretamente esperaba que en alguna de aquellas farsas le sucediera de verdad, pero mientras tanto chillaba y pataleaba como una cerda en su San Martín y miraba divertida por el rabillo del ojo las reacciones de su oponente entre las sábanas.

Cualquier cosa de Eric Clapton o BB King, Black Dog de Led Zeppelin, The End de los Doors y el Dark Side of the Moon de Pink Floid conformaban el conjunto de sonatas que más disfrutaba a la hora de las uvas pasas. Ese organillo, ese arrastrado solo de guitarra o aquella nota envuelta en el dulzón humo de sus alientos la teletransportaban en un cerrar de ojos a la oscuridad de su dormitorio, a la soledad de diez dedos y una vagina, y al afán de que sí, esta vez sí, iba a llegar al orgasmo.

sábado, 4 de enero de 2014

MORFINA por Lourdes N.J.


         Has vuelto, he olido
         el olor de tu piel
         y me arrodillo
         ante ti, sumisa.
 

Busqué tu calor
entre sombras de árboles
que parecían grandes monstruos

te buscaba entre las montañas
y los bosques donde tantas
veces nos amamos,

me penetrabas como un animal
salvaje entra dentro de mis entrañas,
sabías que te necesitaba
que era tuya.

           Has vuelto para abrigar mi frío
           con el calor de tus palabras,
           pero mi cuerpo Morfina,
           sigue sediento, frío, desnudo

lunes, 30 de diciembre de 2013

FIN DE AÑO

Sólo por una vez decidió olvidarse del tiempo, aunque el tiempo lo persiguiera. Sólo por una vez se olvidó de contar que las cuentas están reñidas con los placeres. Sólo por una vez se detuvo en paladear cada momento, que no fue un momento, ni un instante, ni un tañido de campana sino una eternidad llena de prórrogas. Sólo por una vez agradeció el calor que envolvía a cada uno de esos placeres que su lengua fue paladeando, la suavidad que le acariciaba su rostro a uno y otro lado, el misterio de lo que le esperaba tras el eterno festín. Sólo por una vez, una vez eterna, agradeció el líquido posterior a la ingesta, sólo por una vez le agradó su amargor, sólo por una vez le gustó aquella temperatura tibia que no estaba en ningún manual ni protocolo. Sólo por una vez agradeció que ella llegara al final antes que él y que su gemido ahogara al propio. Sólo por una vez quiso prolongar la vejez de aquella noche. Sólo por una vez agradeció que no llevara ropa interior roja, ni negra, ni blanca, ni de color alguno. Sólo por una vez notó que daba la campanada. Sólo por una vez decidió olvidarse del tiempo…

lunes, 23 de diciembre de 2013

SIEMPRE EL TREN por Caronte




Restaban segundos, apenas  un minuto, para que el tren pusiera en marcha su alta velocidad cuando logré subir al primer vagón que encontré abierto.  Mi corazón latía desbocado y la posibilidad de perder ese tren y su posterior conexión había provocado en mí una alteración poco usual.
Una vez instalada la maleta en su lugar pertinente, me adentré en el vagón que sin ser el que tenía asignado iba a ser mi refugio durante el viaje. En los primeros asientos viajaba un chico joven absorto en su tablet y con los auriculares puestos, en el final del vagón un señor de unos 50 años leía uno de esos periódicos salmón de economía por lo que opté por ocupar un asiento de la zona central.
Al cabo de unos 10 minutos y cuando el latir de mi corazón volvía a niveles razonables, se abrió la puerta del vagón dejando a la vista la silueta de una señora elegantemente vestida subida en unos tacones de vértigo que iba tirando de un pequeño trolley.
Caminó decidida, segura, marcando firme cada paso y haciendo del pasillo central la mejor de las pasarelas. Una vez llegó a mi altura observó el indicador del número del asiento y pregunté si era el suyo. Tras comprobar su billete, levantó su mirada y clavando sus ojos en los míos  respondió que no, que no lo era pero que si no me importaba que me sentara en el asiento  contiguo. Un por supuesto que no sirvió de contraseña para abrir las puertas del cielo.
Tomó asiento y el hasta entonces más que entretenido libro que tenía entre mis manos se convirtió en un conjunto de páginas en blanco, mi mente era incapaz de pensar en otra cosa que no fuera en las piernas de esa mujer que su ceñida falda negra presentaba sinuosas.
El primer contacto no se hizo esperar, su pie izquierdo acarició mi empeine derecho en varias ocasiones como preámbulo a que mi mano diestra comenzara a palpar sus muslos.
Mis dedos comenzaron a jugar por el interior de sus piernas cuando ella alzó su pelvis para facilitar que su estrecha falda pudiera ser remangada y así aumentar el margen de maniobra.
Cuando mis dedos fueron aproximándose suaves pero decididos a su ingle, clavó su tacón en mi pie a la vez que sus dientes se mordían sus frondosos y rojos labios.
Continuará …

miércoles, 18 de diciembre de 2013

CUMPLEAÑOS FELIZ



“Piensa un deseo” me ha dicho la nueva novia de papá mientras yo cierro los ojos y me dispongo a soplar las velas de la tarta. Un instante en el que me imagino tocando esos círculos perfectos, generosos como sus caderas, sonrosados como sus labios; palpando el centro de esos dulces y bamboleantes manjares que rebosan por su escote, lamiendo la blancura de su piel y paladeando y hasta mordisqueando ese rojizo y placentero manjar, principio y fin de mis más profundos deseos…
Y ha sido ella, precisamente ella, la que ha preguntado al repartir la tarta:
- ¿A quién le gusta la guinda en la porción de tarta?

domingo, 15 de diciembre de 2013

ALMENDRAS por Braille


Yo quería mirar el mundo con sus ojos de almendra. Pero eso era imposible. Esos ojos peligrosos como la miel, dulces como el color de las aguas que duermen en los estanques. Yo quería mirar el mundo con sus ojos, pero no sabía cómo hacerlo. Hasta que ella me cubrió los míos con una venda. Me quedé de pie en medio de aquella habitación sin muebles. Todo estaba desnudo a mi alrededor. Sentí cómo caía su ropa. Podía oler su piel. Me puso en mi mano un bote de cristal tibio. Lo abrí. Su aroma me llegó como una punzada de primavera anticipada. Derramé un poco de aquel aceite de almendras en mi mano. Y escuché su voz de terciopelo húmedo:

-Ahora vas a verme con los ojos de la almendra...

Me acerqué y empecé a verla con las yemas de mis dedos. Las piernas infinitas como uno beso que se prolonga en el gemido del éxtasis. Los muslos de carne y de mármol. Me sentí Plutón y me sentí Bernini. Estreché su cintura de nieve ardiente, me recreé en el tiempo que se queda entre los paréntesis de sus caderas. Los pechos se acomodaron a las palmas de mis manos, que entonces ya eran puro aceite. Modelé el barro fresco de tu talle, la arcilla de su cintura, la cerámica del cuello. Bajé al delta del pubis y subí al cielo de sus mejillas.

Cuando me quitó la venda, no pude abrir los ojos. No quería. La estaba viendo por dentro. Ella se arrodilló y cerró los ojos para aliviar la tensión que se acumulaba entre mis ingles. Lo demás fue oscuridad y deseo.

lunes, 9 de diciembre de 2013

DILEMA



Nunca pensé que la broma llegaría tan lejos. Ni que fuera tan satisfactoria. Hace ya algunas semanas empecé a enviar mensajes por correo electrónico a mi mujer haciéndome pasar por otro. Al principio me ignoró. Luego comenzó a contestar. Pronto pasó de la más absoluta indiferencia a un interés que se fue acentuando conforme avanzaban mis propuestas. Mi falso yo proponía y ella cumplía con el yo verdadero. Cuando se disfrazó de cortesana dieciochesca me di cuenta de que había caído, nunca mejor dicho, en mi red. Poseerla sobre la descalzadora del dormitorio sin que se quitara el corsé fue una experiencia que no olvidaré. Menos aún su petición de que la sodomizara en la cocina mientras terminaba de cocinar, apenas vestida con una camiseta, un escueto delantal y una ausente ropa interior. La verdad es que la veo feliz e ilusionada. Hasta atrevida. Y yo no sé si soy yo o mi otro yo. Si anoche se atrevió a deslizar sus manos bajo la ropa de camilla, meter sus manos en mi entrepierna y llevarme a los cielos mientras veíamos la telenovela junto a mi suegra, es señal de que se va a atrever a todo. Conmigo o con el otro, que ya no sé quién soy.
Lo tengo decidido. Tengo que ubicarme. Esta noche le propondré que hagamos un trío con su esposo…

viernes, 6 de diciembre de 2013

NULIDAD MATRIMONIAL



Mi boda fue realmente bonita. La preparé a conciencia. Papá contribuyó blanqueando buena parte de su capital. Un traje de ensueño en un lugar de ensueño. Delicados encajes blancos acariciaban mis pechos mientras el suave satén blanco apenas cubría la delicada actuación que en mi vello púbico realizó aquel maravilloso salón de estética. Flores blancas en la iglesia, ceremonia inmaculada y blancos pétalos acompañaron la salida.

Sobre los níveos manteles del convite se degustaron blancos espumosos, se mostraron las más nacaradas sonrisas y se profirieron los más limpios brindis y promesas. Blanco de todas las miradas fue el hermano de mi recién estrenado esposo, joven musculoso al que unas blancas canas aumentaban su atracción entre las invitadas. Tras la velada y tras una animada noche en blanco, yo sí que fui el blanco de todas las miradas al ausentarme con mi estrenado cuñado en los impolutos servicios del hotel de lujo. Allí pude notar, y hasta degustar, que bajo sus bóxers blancos se escondía el dotado manantial del más blanco y cremoso de los fluidos. Nunca debí dejar que la escena fuera blanco del objetivo del fotógrafo oficial de mi boda.

lunes, 2 de diciembre de 2013

EL INTRUSO



Doce largos años de matrimonio para acabar sintiéndome como un extraño en mi propia habitación. Al muro invisible de sus respuestas habituales, me duele la cabeza, es tarde, no tengo ganas, quita esa mano de ahí… se ha unido, desde hace ya tiempo, una presencia ciertamente incómoda, al menos para mí.
La ceremonia, casi como una liturgia, se repite noche tras noche. Ella se desnuda de espaldas a mí, ocultando las maniobras de aproximación, tanteo y actuación que realiza en torno a la mesilla de noche que nos regaló su santa madre que en gloria esté. Paradojas de la vida. Me sigue mostrando su espalda desnuda, se tumba, se introduce sigilosamente en la cama y lanza al aire un gélido “buenas noches cariño” en el que creo intuir el carácter prescindible del último adjetivo, quizás, todas las noches lo pienso, codirigido a mi persona. Aquí suele comenzar, sin solución de continuidad, mi sensación de extrañeza. Soy un extranjero en mi propia cama. Noto que vuelve, noche tras noche, ese intruso que la hace relajarse inicialmente, que eleva su temperatura, que la estira y la contrae, que la convulsiona y la tranquiliza y que, nadie lo diría conociéndola, le hace susurrar palabras y expresiones malsonantes que ellas jamás usaría. Al jadeo final sigue, no falta a su cita, un silencio que hace estremecer mis oídos durante un tiempo casi eterno. Llego a pensar que ha muerto. Pero vive. Respira. Se suele levantar al cuarto de baño mientras noto la unión de la frialdad de la habitación con la fría humedad que queda en las sábanas.
Hoy ha iniciado la liturgia como un día más. Oscuridad. Espalda. Desnudez. Despedida. Entre las sábanas, su cuerpo se convierte en un signo de interrogación que no entiende la situación: hoy no hay subida de temperatura, ni convulsiones, ni contracciones, ni palabras malsonantes. Si acaso alguna exclamación. Un silencio, cargado de dudas, sí ha aparecido. La visita al cuarto de baño se ha repetido. En la cama no hay rastro alguno de humedades pasadas. Vivir, vive, aunque lamenta la ausencia del maldito intruso…
Yo celebro haberle quitado las pilas…