lunes, 4 de mayo de 2015

MAÑANA ACABO CONTIGO por Humberto G.



Jadeante se echó a un lado. Me hizo sitio. Sudaba y emitía un calor rosado. Respiraba por la boca. Había dejado de contonearse, quieta, boca arriba, tuvo un escalofrío.
-¿Te has corrido?
-Todavía no.
-Bueno. Mañana entonces acabo contigo ¿Vale?
Me dio un beso de buenas noches, se dio la vuelta y se dispuso a dormir.
-No vale.
Al volverse, me había dejado la abertura entre sus piernas que dejaba entrever su vello púbico.
-Bueno, pero hazlo tú todo, que estoy cansada -dijo sin moverse
La cogí de la cintura, como un peso muerto. Sólo conseguí ponerla boca abajo. Al empujar arrugó la nariz y abrió la boca en expresión como de queja. Entró fácilmente en las primeras embestidas pero en una de ellas se salió y en la refriega, sin darme cuenta, entró por aquel lugar que siempre dijo que no, por el hueco del que siempre reía para frenarme y que decía inmaculado y virgen, no, yo nunca, y, sin embargo, entró con la facilidad con que se habría introducido un dedo jabonoso. No se quejó, ni protestó, ni se movió, ni lo expulsó, y yo terminé sin obstáculo alguno convencido de que el recorrido vital de quien estaba acostada a mi lado iba más allá de las verdades que me había contado y se adentraban en lo imaginable detrás de  las negaciones, las sonrisas y las preferencias. En la misma postura, con mi savia dentro, se quedó dormida como un animal pecaminoso, sudado, dejado caer desde lo alto, boca abajo.
Solo se rascó la nariz y se durmió dejándome a mí toda la intriga.