lunes, 2 de diciembre de 2013

EL INTRUSO



Doce largos años de matrimonio para acabar sintiéndome como un extraño en mi propia habitación. Al muro invisible de sus respuestas habituales, me duele la cabeza, es tarde, no tengo ganas, quita esa mano de ahí… se ha unido, desde hace ya tiempo, una presencia ciertamente incómoda, al menos para mí.
La ceremonia, casi como una liturgia, se repite noche tras noche. Ella se desnuda de espaldas a mí, ocultando las maniobras de aproximación, tanteo y actuación que realiza en torno a la mesilla de noche que nos regaló su santa madre que en gloria esté. Paradojas de la vida. Me sigue mostrando su espalda desnuda, se tumba, se introduce sigilosamente en la cama y lanza al aire un gélido “buenas noches cariño” en el que creo intuir el carácter prescindible del último adjetivo, quizás, todas las noches lo pienso, codirigido a mi persona. Aquí suele comenzar, sin solución de continuidad, mi sensación de extrañeza. Soy un extranjero en mi propia cama. Noto que vuelve, noche tras noche, ese intruso que la hace relajarse inicialmente, que eleva su temperatura, que la estira y la contrae, que la convulsiona y la tranquiliza y que, nadie lo diría conociéndola, le hace susurrar palabras y expresiones malsonantes que ellas jamás usaría. Al jadeo final sigue, no falta a su cita, un silencio que hace estremecer mis oídos durante un tiempo casi eterno. Llego a pensar que ha muerto. Pero vive. Respira. Se suele levantar al cuarto de baño mientras noto la unión de la frialdad de la habitación con la fría humedad que queda en las sábanas.
Hoy ha iniciado la liturgia como un día más. Oscuridad. Espalda. Desnudez. Despedida. Entre las sábanas, su cuerpo se convierte en un signo de interrogación que no entiende la situación: hoy no hay subida de temperatura, ni convulsiones, ni contracciones, ni palabras malsonantes. Si acaso alguna exclamación. Un silencio, cargado de dudas, sí ha aparecido. La visita al cuarto de baño se ha repetido. En la cama no hay rastro alguno de humedades pasadas. Vivir, vive, aunque lamenta la ausencia del maldito intruso…
Yo celebro haberle quitado las pilas…