domingo, 15 de diciembre de 2013

ALMENDRAS por Braille


Yo quería mirar el mundo con sus ojos de almendra. Pero eso era imposible. Esos ojos peligrosos como la miel, dulces como el color de las aguas que duermen en los estanques. Yo quería mirar el mundo con sus ojos, pero no sabía cómo hacerlo. Hasta que ella me cubrió los míos con una venda. Me quedé de pie en medio de aquella habitación sin muebles. Todo estaba desnudo a mi alrededor. Sentí cómo caía su ropa. Podía oler su piel. Me puso en mi mano un bote de cristal tibio. Lo abrí. Su aroma me llegó como una punzada de primavera anticipada. Derramé un poco de aquel aceite de almendras en mi mano. Y escuché su voz de terciopelo húmedo:

-Ahora vas a verme con los ojos de la almendra...

Me acerqué y empecé a verla con las yemas de mis dedos. Las piernas infinitas como uno beso que se prolonga en el gemido del éxtasis. Los muslos de carne y de mármol. Me sentí Plutón y me sentí Bernini. Estreché su cintura de nieve ardiente, me recreé en el tiempo que se queda entre los paréntesis de sus caderas. Los pechos se acomodaron a las palmas de mis manos, que entonces ya eran puro aceite. Modelé el barro fresco de tu talle, la arcilla de su cintura, la cerámica del cuello. Bajé al delta del pubis y subí al cielo de sus mejillas.

Cuando me quitó la venda, no pude abrir los ojos. No quería. La estaba viendo por dentro. Ella se arrodilló y cerró los ojos para aliviar la tensión que se acumulaba entre mis ingles. Lo demás fue oscuridad y deseo.