
“Con un seis y un cuatro pinto tu retrato”.
“No seas niño chico, que ya no tienes edad”.
Te juro que todo empezó así. Sin más. Llegó puntual y con exactitud matemática. Como correspondía. Sus curvas tangenciales me llevaron a una infancia de números y tablas cantadas. Por eso lancé la estúpida frase. Por eso cambió los números de mi calendario. Sobre el papel me habló de infinitos, de derivadas, de senos y cosenos, de integrales y de límites que tienden a cero… ¡Qué sé yo! Mi mente sólo pensaba en salirse por la tangente y en la soledad mal entendida de los números esos que llaman primos. Para primo, yo. Debí haberla entendido cuando me habló del cero y el uno, de los números complementarios y de no sé cual teoría matemática. Afortunadamente, hablábamos de clases prácticas. Comencé a entenderlo cuando derivó sus manos por mi entrepierna. Del cero al infinito. Elevación a la máxima potencia. Y la trigonometría la llevaba chuleteada en su cuerpo. Una estupidez de ese tipo me dijo al desabrocharse el sujetador. Mientras tocaba aquellas curvas simétricas lo comprendí todo. Eran inabarcables, como una potencia elevada a la máxima expresión. Del papel pasamos a la cama. Su desnudo y el mío se hicieron integrales. Otra clase práctica. Me susurró algo sobre la complementariedad de los números antes de tragarse todo mi sexo de un solo lametón. No me quedó más remedio que corresponder. La humedad de sus labios mayores y menores se quedó recogida en mi lengua. Una unión perfecta. Sin límites. Dos complementarios que se unían y que llegaban al infinito…
Te juro que fue así. Sin más. Tan sencillo como lo del seis y el cuatro. Los cambié por un seis y un nueve. Cuestión de edad: ya no soy un niño chico.