martes, 19 de noviembre de 2013

MERCADONNA por Esteban Plaza de Armas



Iván estaba desnudo y recostado contra el cabecero de la cama. La almohada le hacía de respaldo mientras, entre las volutas de humo de un Gitanes sin boquilla que ella le había encendido, observaba la lenta ceremonia de la hembra vistiéndose. Poco a poco, la mujer madura y salvaje que había estado entre sus brazos en aquella impersonal habitación de hotel de carretera, se iba reconstruyendo como esa elegante dama a quien la buena sociedad sevillana apreciaba por sus muchas y caritativas virtudes.
La seda labrada de encajes de una minúscula braguita se adaptaba como un tatuaje a sus nalgas endurecidas en el gimnasio. Con escrupulosa parsimonia, desenrollaba a lo largo de aquellas interminables piernas la piel de sus finas medias de importación. Piernas que minutos antes se habían ofrecido cual compás abierto en una trifulca obscena de sudores, flujos y salivas
El aroma amargo del cigarrillo se confundía en el paladar de Iván Sánchez con la fragancia de la piel y el sabor genital de la señora que tenía encandilados a los sectores más elitistas e influyentes de la ciudad.
-¿Por qué hace esto? Susurró el joven amante, después de exhalar la última calada del cigarrillo hacia el techo y deslizarse de nuevo sobre la cama en una actitud procaz más propia de un rufián de barrio que del camarero del exclusivo club social en el que trabajaba.
La dama no respondió. Se colocaba el sujetador del revés sobre el fino y liso vientre para en un gesto tan rápido como preciso girarlo sobre su cintura hasta dejar las copas sobre los senos aún firmes pese a sus 50 años recién cumplidos.
-¿Por qué lo hace? Insistió el joven.
La señora ya estaba vestida y sobre las agujas de los tacones de terciopelo negro se colocaba frente al sencillo espejo del hotel unos pendientes que su marido le había regalado días antes en la concurrida fiesta de su aniversario de bodas.
Ella respondió al joven reflejado en el espejo, con la negra melena -como hebras de grafito-  ladeada, buscando con sus dedos tallados durante largas sesiones de manicura, engarzar el orificio del lóbulo de su oreja:
-Querido,  es la diferencia entre comprar fruta en el supermercado o saltar el cercado de una finca y robarla. La emoción del riesgo y el morbo por transgredir lo prohibido.
“Comprar fruta o robar fruta”, pensó el joven amante mientras contemplaba con admiración la elegante y distinguida figura de aquella mujer que apenas sin conocerlo se había entregado a un festejo de sexo lúbrico, salvaje y sin limitaciones.

Aturdido pero orgulloso de haber dado satisfacción a los más oscuros instintos que ella le había sugerido entre jadeos, mordiscos y besos oscuros; el joven camarero que unas horas antes servía té con limón en el círculo de beneficencia al que pertenecía aquella imponente hembra, repreguntó con tono titubeante:
-¿Cuándo... la volveré... a ver?
La señora frente al espejo apretaba sus labios recién pintados, uno contra el otro, sin dirigir la mirada de sus ojos tan verdes como el primer aceite del año hacia el atractivo sirviente que yacía vigorosamente desnudo sobre el desorden de sábanas de aquella habitación alquilada por horas.
Finalmente, mientras cerraba su bolso le dirigió una gélida, distante y casi despectiva mirada y con apenas media sonrisa descolgada sobre su boca le dijo silabeando lánguidamente:
-Cielo, se te acaba de poner carita de plátano de Mercadona.
Alejándose por el pasillo, la firme secuencia del sonido de sus tacones se apagaba a sus oídos y el amante casual empezó a tener la certeza de que nunca volvería a estar con aquella mujer.

1 comentario:

Asun Jiménez dijo...

Sensual y hermoso relato. Tiene razón: La fruta robada suele ser más apetecible que la que fácil se nos muestra en el súper.