miércoles, 6 de noviembre de 2013

REENCUENTRO

(Ilustración de Raquel Suero.  https://www.facebook.com/HuellasAPincel )

No recuerdo, o sí, si me había llegado el estúpido tiempo de eso que llaman edad de ser mujer. Quizás se habían aureolado mis pechos de una dureza inexplicable y apuntaban un volumen de curvas que se prolongaba por unas escuálidas caderas centradas por un incipiente triángulo de minúsculo vello. Maldita pubertad, o lo que fuera. No saber si se era ni si se quería ser. Él no. El parecía otra cosa. Sabía, o no, lo que era y parecía tener claro lo que quería ser. Mi compañero de pupitre se sabía lo que era: el tío más guapo de la clase. Quizás el más insolente. No recuerdo, o sí, si al pasar lista estaba inmediatamente delante o detrás, aunque no puedo olvidar sus respuestas musitadas al vecindario femenino.
-Servidor. Presente.
Contestación oficial tras la que solía venir su susurro al viento.
- Hablo con mis manos. Pienso con el estómago. Amo con lo que me cuelga entre las…
Y el silencio que parecía envolver sus palabras nos hacía olvidarnos de sus apellidos para centrarnos en el posible final de aquella letanía susurrada a las entrepiernas de sus vecinas de clase. No recuerdo, o sí, sus apellidos. Sí su apodo. El de unas tontas niñas que llamaban Barbazul al chico más estúpidamente guapo de la clase.
Alguien me contó que el tiempo todo lo pasa y todo lo muda. Es posible que así sea. O no. Eso me entretenía en pensar cuando me lo encontré, muchos años por medio, en aquel tugurio nocturno. Las copas igualaron nuestras diferencias, eliminaron las insalvables distancias y borraron cualquier rastro del pudor que yo creía conservar. Vamos, que acabó en mi casa. Miento, en mi habitación. Seamos sinceros: en mi cama. Su destreza mientras me quitaba el sujetador al tiempo que introducía sus dedos en mi sexo me hizo recordar el estúpido apodo de la juventud. Que ya soy mujer es algo que le debió quedar bien claro cuando hice lo propio con aquel secreto susurro colgante con el que soñábamos ser amadas. Me he situado sobre él y no he podido, o no he querido, recordar su nombre. Follándomelo, con la sobrecarga de placer del tiempo perdido, lo he llamado por su apellido. Cómo iba a olvidarlo. Ya si sé que lo quiero delante y también detrás…
- Cómo me pone que me llames por el apellido, muñeca…
Siempre fue un estúpido. Siempre se creyó muy hombre. Siempre se quiso merecedor de su famoso apodo…
Exhausto y sudoroso parece haberse dormido después de haber compartido tanto placer. Parece otro. Eso pienso mientras recorro los músculos de su cuerpo con mis dedos. Detengo el paso bajo entre sus ingles y me centro en la relajación de aquel susurro de pupitre de entrepierna. No digáis los nombres que los nombres se olvidan. Ahora soy yo la que puedo hablar con mis manos. Ahora soy yo la que tengo el pelo teñido de azul…