lunes, 4 de febrero de 2013

LA CATORCE ES DE ASTERIÓN por Alejandro Lérida

Yo,
casi como Borges,
sueño con laberintos y mujeres.
Y basta una mujer y dos espejos
opuestos, enfrentados,
para, sin otro sueño,
construirme un laberinto con Ariadna,
la infalible belleza de esa mujer desnuda.

La habitación evoco de aquel hotel de Atenas
que me obsequiaba sus comodidades
sin exigirme nada:
las paredes y puertas eran de espejo,
de modo que el que entra en la catorce
lo hace al centro mismo
de un laberinto interminable.
La hermosa Ariadna, el infalible hilo
que evitará que pierdas la cordura
en la infinita piel del laberinto
que es siempre una mujer desnuda y esperándote…

Y yo, partido
por la mitad, partido, preparándome para
lo que yo imaginaba que sería
la posesión del mundo…
Y ella empezó a hablar interminablemente
con aquella energía
que ni yo mismo podría explicarme:
"Yo soy tuya, sencillamente, tuya
y nada más, nunca lo olvides: tuya.
No de ese presuntuoso que se cree un dios".
Y me conmovió a tal extremo que decidí amarla tantas veces.
Con la curiosidad de un fiel coleccionista,
me agaché hasta ella. Y la felicidad se me escapaba
por todas las fisuras de mi imaginación.

Hay mujeres que no terminan nunca.
Multiplicada por mil, dueña del laberinto,
y yo detrás de cada una, enrocado en sus piernas,
entre la realidad, Teseo, su espada, la vigilia,
y ella atravesada por unos signos que en ese momento
le parecieron tan incomprensibles.
No lo sé, no podría decirlo. Como un animal después de un largo sueño…
Todo esto puede no haber ocurrido.
Y muchos son los que aseguran que Ariadna
no pudo sentir eso, que está incurablemente enferma,
completamente corrompida. Pero no hay tal cosa.
Yo sé que el hombre huye
de ese espectáculo de su belleza como de un mal presagio.

Pero en tus ojos, hermosísima Ariadna,
el mundo reconoce todavía los ojos de Asterión.