lunes, 25 de febrero de 2013

INÉS (Irreverente Santoral III)


En tu nombre confundí el hábito de una novicia teatral con el blanco del cordero que te da nombre. Inés, Inés, Inesita, Inés. Una canción infantil para la que ya era toda una mujer. Blancos muros y blancas sábanas nos cobijaron. Blanca la ropa que fue desnudando el blanco objeto de mis deseos. Blancura de pechos sonrosados que hicieron enrojecer mi interior y un extremo de mi exterior. De ellos supe paladear su leche templada hasta quedar saciado. Blancura de encaje que descubrió un blanco monte nevado de deseos reprimidos. Nunca creíste tu propia santidad. Cuando mi lengua separó las colinas de acceso al monte, el paisaje cambió de color. Tuvo que sortear blancos fluidos pero llegó a la cima. Del blanco al rosa y del rosa al rojo. Mi lengua tanteó, circundó y atacó. La colina llegó a ser montaña. Y un terremoto con infinitas repeticiones cimbreó el rojo monte, la rosada colina, los blancos muslos, los blancos pechos, las blancas sábanas y hasta los blancos muros. Patria mía te he declarado. Tu blanca miel ha marcado sus fronteras. Siempre dijiste que eras un corderito pero aquel día sacaste la zorra que llevas dentro...