lunes, 21 de mayo de 2012

TURBIO BOLERO por Gata Negra



En la iconoteca de la entrepierna me faltaba registrar, entre otras muchas, no ya la del muerto petrificado del cementerio galo -que también-, con erección romántica y solitaria, ajena, bruñida y enorme, demasiado lejana para emprender críticas a políticas de taparrabos económicos, sino la de aquel que hubiera roto las tardes soporíferas del verano en una pequeña habitación de recinto sagrado con ínfulas de profano.
El vino de misa, ámbar antediluviano en vaso pequeño, era como una declaración de intenciones confesada, manchando la boca en breves sorbos golosos, tanto como los dibujados mordisqueos cernudianos a las yemas de los labios de los ángeles engañosos.
El rededor turbio era la vista hacia el sendero engañoso del pudoroso escondite en el hueco de la puerta, donde empezabas a tocarme, mientras perpleja e inocente, áspera, sobria, la cama no podía existir, salvo en la retahíla lenta y escueta, perfectamente atada al parámetro grabado a fuego del que fue párvulo estudiante de la teología más ajena al placer estallado.
Vuelves a empezar a besarme y no sé si quiero el retorno de mi mano hacia lo sorprendente de tu pantalón, gris o beige, que siempre fuiste muy serio en la vestimenta de tu clásico deseo de descollante niño de pueblo.
Y no lo sé, ni me importa recordarlo, de nuevo, porque ando pensando igual que entre tus breves paredes, loca, soñando en alborotar el pelo negro del bolero que me enturbia, porque, ahora, también me muero, me muero...