martes, 3 de mayo de 2011

ZAPATOS por Asun Jiménez


Iba a ser un día como tantos otros. Colocaba los nuevos zapatos de temporada con desgana en el escaparate, las discusiones con mi marido me causaban ya más aburrimiento que enfado. La zapatería se había convertido en un pequeño refugio, un entretenimiento para esta vida cómoda, correcta y programada para la que me educaron.

Fue entonces cuando me percaté de su presencia. Barriendo la acera con parsimonia, el operario de limpieza nuevo de la zona me miraba con descaro y picardía. Era un chico alto, moreno y con rasgos excesivos como su nivel hormonal: labios gruesos, enormes ojos verdes, con un colosal cordón de oro en su pecho que asomaba en el mono naranja que envolvía ese cuerpo que por sí mismo ya era un delito.

No me reconocí con estos pensamientos. Ningún hombre me impresiona ni me altera por muy guapo o atractivo que sea, y menos un horterilla de barrio como éste. Yo soy una señora, con todos sus avíos,....o al menos hasta hoy lo era.

Hacerme la indiferente no fue buena idea. Los zapatos que volvía a colocar se me caían de las manos, por lo que el escaparate mostraba perfectamente toda la turbación que me producía ese niñato insolente que contemplaba la escena divertido.

Se acercó y dijo algo a través del cristal, empañándolo con un vaho caliente que emergía de su boca. De cerca aún era más guapo, confirmé. Sonreí como pude y le amonesté por reírse de una pobre mujer….

- ¿Quiere que le ayude a colocar los zapatos? Tengo experiencia….en esto……

Era evidente su intención y su poca vergüenza, pero ni siquiera pude reaccionar,

- Cuando acabe mi turno me paso y la ayudo. – sentenció.

Se marchó con su carrito de limpieza y su escoba. Mi primera reacción fue buscar un espejo, tenía que ver lo que él había visto, encontrar una explicación….nunca he sido mujer de llamar la atención, ni mucho menos de despertar o provocar pasiones…y si se burlaba? El espejo me mostró algo de lo que hacía tiempo que carecía: ilusión. La encontré en mi rostro ligeramente maquillado, en mi cabello perfectamente peinado, en mi blusa impecable y en las perlas que ahora ahogaban mi garganta.

Cogí un vaso de agua y me lo bebí de un sorbo. Suspiré. Cuando cerré la zapatería y bajé la persianas ya no era dueña de mí. La espera me quemaba tanto como el recuerdo de su boca en el cristal del escaparate. el timbre retumbó en mis entrañas. Pisando fuerte unos tacones de mi propia tienda, abrí la puerta.



4 comentarios:

L.N.J dijo...

Muy bonito Asun, como siempre, un juego apetitoso.

Anónimo dijo...

¿Podrían dar la dirección de la zapatería?

Asunción dijo...

Gracias L.N.J. y para Anónimo: la zapatería puede estar más cerca de lo que crees

L.N.J. dijo...

Asun, avísame, lo digo para comprarme unos zapatos...

Gracias.