martes, 16 de noviembre de 2010

MÁRCAME por Maribel R.

Tumbada en el suelo, de costado, me acaricio con la yema de los dedos el antebrazo, buscando lo que sé que hoy no voy a encontrar. El suelo es un buen cómplice en momentos de ardor frustrado. Otras veces, exhaustos, has sido tú el que recorría el camino de las señales en mi piel, que tatuabas inconsciente en cada encuentro de nuestros cuerpos. Ser tan blanca, casi traslúcida, me ayudaba a conservarte. Cuando me agarrabas se hacía más intenso el deseo, la espera de lo inminente, del dolor que no duele. ¡Qué largo el eco de estas palpitaciones! ¿O acaso tú no sucumbías a la energía común cuando me atrapabas las piernas con tus rodillas, o me sujetabas las muñecas contra la almohada? Porque nunca como entonces hacían tanto efecto tus besos en la raíz de mi pelo, tu lengua rastreando la comisura de mis labios.

Sigo buscando, tumbada en el suelo, las marcas de las tardes en las que me atraías hacia tu sexo mientras me atravesabas compulsivamente, y tus dedos se clavaban en mis clavículas; en esos momentos pensaba en Bernini, y me reía del mármol que no cambia. Pero ahora sigo sin encontrar el rastro amoratado de nuestra complicidad. Antes, el cambio de color de mis huellas marcaba el tiempo de la distancia entre los dos: peor el verdoso que el violáceo, peor el pardo que el verdoso. Y, finalmente, la disolución. Reinvento, tumbada, tu vuelta, y en todas las versiones surge el miedo de que ya no reconozcas un cuerpo que ha dejado de ser el libro de visitas del deseo común. Sé que será difícil. Tendremos que encontrarnos como amantes desconocidos y recuperar la confianza de nuestros forcejeos. Me verás como a una extraña. Y te sonarán como nunca oídas mis súplicas para que me muerdas. Pero necesito asumir el riesgo. Soñar que mis pezones recuperarán el color de las frambuesas. Porque aquí, en el suelo, me desvanezco a medida que desapareces de mi piel