jueves, 2 de octubre de 2014

LA BOFETADA por Humberto G.



Le rompí las bragas, no sé yo en que estaba pensando, pero se las rompí. Las cogí por los lados y tiré con fuerza. Me sorprendió la fragilidad de la tela y como cedió ante mi apasionado impulso. A ella no le gustó nada, “¿Qué haces?” con ese tono tan desagradable que ella utilizaba y me dio un bofetón. Esa escaramuza nos excitó muchísimo. Así, sin querer, empezó todo.
Como en un pacto no preestablecido nunca comentábamos lo que hacíamos a la hora de follar. Esos momentos los manteníamos latentes dentro de ese espacio que era nuestra sexualidad. Supongo que para expresarnos libremente cuando llegara el momento, para  que ninguno de los dos se pudiera sentir coartado a la hora de expresar su deseo. Tampoco hablamos de las bragas ni de la bofetada.
La siguiente vez le pedí que me pegara otra vez, durante la refriega, abstraído porque ella sudaba y apretaba los dientes, “Pégame” y me pegó con todas sus fuerzas. Nos corrimos a la vez.
No tardó en pedirme que le escupiera. Eso abrió una puerta que quizá, visto con perspectiva, nunca debimos abrir. Sin darnos cuenta estábamos exprimiendo nuestra sexualidad al máximo: “Escúpeme”. Supongo que las palabras, el tono imperativo, también hacían mucho.
La pequeña violencia se convirtió en una compañera inseparable aunque, en verdad, no queríamos. Sé que ella pensaba igual que yo de modo que durante un tiempo, ya conscientes del problema, iniciábamos nuestros escarceos con mucha suavidad, con mucho cariño, con besos y caricias pero de repente se le escapaba a ella un mordisco en el labio “Ay, perdón” o a mí un cate en su culo y volvíamos a empezar.
Como con todo pecado tendimos al exceso porque la dosis que necesitamos cada vez para conseguir el mismo resultado, iba siempre creciendo. La vida misma. El peligro no era el punto en el que estábamos sino donde podríamos llegar si continuábamos así.
Por primera vez hemos hablado de ello porque esto se nos va de las manos.
Le digo que ojala no le hubiera roto nunca las bragas.
 Ella me responde que ahora eso parece un juego de niñas.