lunes, 16 de septiembre de 2013

LA TERAPIA por María José Durán




Ahora que las frías noches de soledad ya pasaron y el sol le devolvía la sonrisa, se dio cuenta de que había recuperado la imaginación, los recuerdos y, sobre todo: las ganas de correrse.
Las memorias que fueron de dos, y que ahora eran para ella sola ya no la transportaban a ese pozo de incertidumbres, qué será, qué seré. Y para confirmarlo no se le ocurría mejor idea que masturbarse sobre ellas. Aquella vez en el ascensor, la escalera de incendios o el glorioso día que fue sin bragas por la calle durante horas le hacían las veces de fantasía sexual ya cerrada.

Había probado terapias carísimas, procesionado por un sinfín de camas que no la habían satisfecho, incluso había practicado la abstención voluntaria y nada le había devuelto la capacidad de dejarse llevar por el placer al más alto nivel. Exhausta de sexo sin sexo y de fingir orgasmos se entregó de nuevo al viejo amigo porno. Probó, una por una, las nuevas recetas que ofrece hoy internet: Gangbangs, dos negras y un blanco, lesbianas, sadomasoquistas... Y ninguna de esas exhibiciones de sexo aeróbico pudo contener que sus impulsos sexuales fueran cada vez más efímeros (e incontrolables).

Después empezó el ir y venir de juguetes eróticos. Desde las inocentes bolas chinas que castañeteaban en su interior hasta un dildo doble de color turquesa que se le enganchó al ojo y en el que se dejó la paga de una semana. Y nada, no se corría.

Transcurrió un tiempo indeterminado, semanas, meses o años, pero ya no se acordaba cuál había sido su último orgasmo verdadero. Llegó un día en que se encontró con uno de aquellos deseos irrefrenables, fuera de casa y sin acceso a internet. Ni una rayita de wifi, ni siquiera una conexión cerca que piratear. Pero la idea de ocupar aquel rato con un poco de sexo cóncavo cobraba fuerza en su cerebro.

Lejos de todos los engranajes que tenían que acelerar el proceso calentura-orgasmo, se tumbó en aquel jubón y sin saber muy bien qué hacer, aún vestida, se dejó llevar. Le pareció un simple juego, este es mi monte clitoriano, por aquí anda el pezón izquierdo, y aquella vez en el ascensor y la escalera de incendios, y aquel morenazo del que no pudo disfrutar cuando su mente se hallaba en otros quehaceres.

No recordaba aquel juego tan divertido, y pensó que muchos podrían aprender de aquella maña si querían hacer que se corriese. Se imaginó al morenazo, ese que se le había escapado vivo, a menos de un metro de ella, observando atento cada uno de sus movimientos, jaleándola acaso, para repetirlos él mismo en cuanto tuviese oportunidad. Y aquel pensamiento derritió su tan traída y llevada libido e hizo explosionar el pozo que albergaba dentro de sí. Llegó al orgasmo con tanta felicidad como lo hubiera hecho antaño.