viernes, 13 de julio de 2012

PÉREZ



Confieso que, al acostarme cada noche, mantengo dos costumbres que son una pura liturgia. La primera es desnudarme despacio, notando que  el ambiente besa mi piel desnuda, que mis pechos concentran su ser en la dureza suave de mis pezones y que mi sexo se adueña de la libertad que siempre anhela tener. La segunda es colocar bajo mi almohada un deseo secreto, ese placer inconfesable que sólo se susurra entre las sombras oscuras de la noche. Suelo colocar bajo esa almohada mis fantasías más secretas, mis perversiones más inconfesables, mis placeres más prohibidos: son los mejores…
Después de lo vivido en estas horas, no creo recordar cuál fue mi deseo de ayer. Se confunden realidades y deseos, detalles y lagunas propias del sueño más profundo. No sé cuando llegó. Mi desnudez disfrutaba de la blancura de las sábanas nadando entre limpias sedas. Entró sin llamar. Directo a cumplir su misión. Sin apenas prolegómenos. Su lengua recorrió cada pliegue de mis más profundo labios. La humedad de los superiores quedó ridiculizada por la torrencialidad de los inferiores. No me dejaba tregua. Quizás llegué a gemir. Quizás grité. Quizás le supliqué que se fuera. Quizás mentí. Cuando se colocó sobre mí, noté la dureza de un cuerpo que se prolongaba hasta mi interior. El placer debía ser esto. Una y otra vez. No se te ocurra parar. Eso debí susurrar, quizás lo dije, quizás lo grité a cada rincón de la oscura noche. Y no paró. Al menos, yo no me dí cuenta. En algún momento me sentí naufragar entre las humedades que se esparcían por las sábanas. Él ya no estaba. Quizás fue un sueño. Bajo la almohada no había rastro de mis deseos. Ya estaban cumplidos. Con una elegancia impropia de su vulgar apellido. En las sombras de la noche llamaba la atención el sutil contoneo de su rabo…