lunes, 11 de agosto de 2014

LAS REGLAS DEL JUEGO por Juan Bragas



La dejó entrar primero en su cuarto no por mirarle el culo sino por educación. Eligió puerilmente su cuarto, “Yo me pido en mi cama” y los otros tres se rieron.
Una vez allí de sopetón le desapareció aquella ensoñación que siempre le provocaba el alcohol y empezó  a ver claramente la nueva coyuntura, la consecuencia de lo que habían decidido hacía sólo unos momentos en una sala de la planta de abajo: allí estaba, en su habitación, con la mujer de su mejor amigo y la mejor amiga de su mujer en disposición, pactada, de follar.
-Debemos actuar como personas maduras –dijo su amigo hacía sólo un rato- poniendo una serie de reglas que nos permitan sobrevivir a esta experiencia y mantener intacto todo como antes…
-Somos gente madura, joder. Es una vivencia que puede ser muy bonita –dijo la mujer de su amigo.
Su mujer no decía nada. Miraba tranquilamente a todo el que hablaba sin emitir sonido y, este hecho, le hizo zambullirse de nuevo en esa nebulosa de dolor que para él había sido siempre las experiencias anteriores de su mujer. Esa inmutabilidad de ella, ese consentimiento que era no oponerse a lo planteado,  le provocó una mezcla de lujuria y sufrimiento.
Las reglas que dispusieron fueron las siguientes:
-no hablar jamás de lo que ocurriera aquella noche, 
-pasar el día siguiente juntos para evitar huídas hirientes y hacer más fuerte su amistad y
-no hacer ruido ya que los cuartos estaban muy cercanos.
En la soledad de sus pensamientos, una vez se encontró a solas con la mujer de su amigo, le vinieron claramente a la cabeza todas las fantasías que había tenido acerca de ella (que las había tenido) desde que su amigo se la presentó, a saber: cómo serían sus pezones, su cara, su ansiedad si la hubiere, dónde dirigiría su mirada una vez desnudos,  etc. De modo que no tuvo que improvisar, solo poner en práctica la lección tantas veces repasada. Con diligencia y sin recato.
A la mañana siguiente, su mujer fue la última en llegar a la mesa. Dio los buenos días. Todos se habían sonreído un poco forzadamente al encontrarse en la cocina. En silencio se entretenían cambiando cosas de sitio, preparando el desayuno, poniendo cosas en la mesa…, todo porque se sentían incapaces de mirarse a la cara. Todos actuaban con una contenida incomodidad.
Sin embargo, al llegar su mujer la miró fijamente por ver si en ella descubría alguna señal de lo sucedido aquella noche. Una felicidad fuera de lo común por ejemplo. Entonces, ella se sentó en su silla, cogió un trozo de pan en el que untó mermelada y tras un bostezo que creó expectación en los otros tres dijo:
-La próxima vez lo hacemos en la misma habitación los cuatro.