domingo, 16 de febrero de 2014

EL ALBERGUE por Humberto G.



Compartir la habitación con una extraña siempre puede traer consecuencias imprevistas. Lo pude comprobar hace ya tiempo en lo que llamo mi primera madurez, o última juventud, tiempo en el que todavía no me había acomodado a las rutinas y las bellezas de la cama propia, la habitación serena y las sábanas de hilo blanco. Viajaba sin maletas en aquel entonces y sin lugar fijo de residencia, por un tiempo. Solo y sin saber casi nada de la vida, en fin.
Acabé aquel día en un albergue y en una litera mal llamada. Tenía barrotes como de cama de sanatorio que había visto en películas de guerra. Recuerdo que pensé que sólo quedaba que apareciese la enfermera hermosa con cofia y uniforme celeste. Era un romántico (no sabía nada de la vida).
Una larga caminata buscando no me acuerdo qué me tenía reventado así que no me dio ganas más que de desvestirme y acostarme en la cama de arriba de la litera en aquel cuartucho vacío. Un albergue vacío, la noche, el cansancio: me quede dormido enseguida (era joven).
A media noche, sin embargo, me despertó un ruido. Alguien entró con cuidado en la habitación, se desvistió en la oscuridad y se metió en la cama de debajo de mi litera. Con el rabillo del ojo, semidormido, no pude, sin embargo, evitar cerciorarme del sexo de mi acompañante, por si acaso. Con extrañeza y regocijo vislumbré la forma de unos senos y con ese pequeño robo que me pareció una suerte deliciosa, me adentré en un sueño consolador, hasta cierto punto maternal, y quedé otra vez dormido.
Me desperté de nuevo, no sé si pasó mucho o poco tiempo porque lo pasé dormido y la luz no había cambiado. Un sonido fue el causante de esta nueva interrupción. Un sonido, o una queja... un suspiro o un gemido... :todo ello unido quizás. Mi compañera de litera se estaba masturbando.
Intento hacer memoria. Hago memoria desde entonces para rescatar todos los detalles, para completar el cuadro en toda su cruda y obscena realidad. Era joven y audaz pero mis vivencias eran limitadas y la masturbación femenina era todavía un concepto teórico muy lejos de ser un hecho desvelado, claro, vivido.
Intento recordar aquella escena y ya no sé qué es realidad y qué imaginación. Ella resoplaba como si de dentro surgiera un vaho que pudiera llegar hasta mi: visible; como un rugido sordo pero audible. Notaba acercarse, como una locomotora, la velocidad, porque la respiración era cada vez más rápida, y la litera sufría ya un mecerse que parecía el de un palio de mi tierra. Recordé mi tierra en aquel momento, y el recuerdo me resultó incómodo. Miré, sí. Me asomé. Pero sólo un poco. Si no le importa hacer ruido ni tampoco mover la litera, no le importaría que mirara. Desnuda, de cintura para abajo (una camiseta blanca), se contoneaba encima de la cama, con dos dedos, el índice y el medio de la mano derecha, metidos hasta la empuñadura (otra vez me acordé de mi tierra, un par de semanas después que la otra vez), la base, quiero decir de sus dedos. Como un amasijo de vello suave, esponjoso, voluminoso, que se veía subir y bajar al compás de un chapoteo, que ya se oía, su rugido, cada vez más fuerte, y el movimiento de sus dedos y sus caderas.
El tiempo no existe y la sonrisa no debe existir en ciertas circunstancias. Nunca me he puesto más serio que en ese momento, y tampoco recuerdo el tiempo que duró. De todas maneras el recuerdo hace de aquel momento algo inmortal o tan mortal como yo mismo.
Yo no hice nada. Ni con ella ni conmigo mismo.
Se corrió salvajemente: gritando. Se tapó con la sábana y se durmió después de susurrar:
-Buenas noches.
-Buenas noches -contesté con un sonido casi inaudible en medio de un silencio sobrecogedor.
No acabo de asimilar que podía mover a una joven a deleitarse consigo misma en aquella estancia, en circunstancias tales. Con un hombre que no conocía de nada durmiendo encima, en una litera inmunda. Un acto de exhibición salvaje como nunca he visto.
Para cuando me desperté ya se había ido. Había dejado las sábanas allí, hechas un desorden, miré las sábanas y de sus arrugas parecía emanar un olor dulzón y agrio a la vez, un olor casi visible, el olor de la obscenidad.