martes, 29 de abril de 2014

SILENCIO por Humberto G.



En cualquier sitio le hacía yo cosas y ella se dejaba hacer. Sabía muy dulce toda ella y desde que descubrí su punto débil, o fuerte según se mire, lo buscaba con insistencia.
Acabada de correrse se ponía pálida como si hubiera visto un fantasma, le salían ojeras y se quedaba muy seria y cansada. Sin embargo, no podía evitar buscarla en cualquier rincón para provocarle aquella petit mort que la aniquilaba. “Lo van a notar” parecía decir con sus ojos bajos, “No lo va a notar nadie, quien puede saber que te quedas así después de correrte” pensaba yo, pero ella seguía pensando que si, porque se escondía. Acostumbrada a ella misma, pensaba que a las demás les pasaría lo mismo.
Era muy alta, más alta que yo; contrastaba toda esa presencia con su fragilidad o sensibilidad clitoriniana. Buscábamos cualquier rincón del patio o del jardín, relaciono desde entonces todo aquello, la lujuria me refiero, con la frialdad de la piedra, la sombra continua, el ciprés, el olor a mermelada y ajonjolí, la pared encalada y el limonero.
Era enormemente sensible allí donde yo le echaba la mano: a la entrepierna, cada vez que nos quedábamos solos. Metía la mano por debajo de la enagua y allá que encontraba el lugar exacto; era ya puro instinto. Cuando llegaba todo el mundo ella, nerviosa, hacía como que se recomponía, yo me quedaba entonces mirándola y cuando conseguía responder a mi mirada allí que me llevaba yo los dedos a la boca o a la nariz para que viera. Ella no podía evitar sonreírse.
Sabía dulce, como la fruta y era muy suave y carnosa, me besaba entregándome sus labios que después quedaban rojos, como castigados, todo en ella, la pobre, era una señal de haber amado, y se escondía después. No sé como expresar que se me entregaba por entero, se me agarraba al cuello me besaba con toda la boca y yo metía la mano por debajo de la falda y moldeaba aquel lugar con mi dedo corazón.
Todo calladitos, siempre en silencio y siempre escondidos porque nunca, nunca jamás la vi romper su voto de silencio.

viernes, 25 de abril de 2014

LOS BAÑOS DE POMPEIA por Wi RR



          
             Acababa de llegar a casa, solté la maleta y directamente me metí en la ducha, necesitaba un poco de relax, un tema de George Harrison que estaba emitiendo Radio 3 contribuía a distanciarme de de los canales  y de Marisa, de esa historia tan cruenta y jodida que trae consigo, el marido la trae loca, bueno es más bien la imaginación de ella, pone en el otro la forma de comportamiento que le gustaría que tuviera, al final termina deprimida. Está contratando a un sicario, un asunto turbio e incómodo para mí, ayudar esta amiga, joder !!!,
... pasa Alberto vuelve a George y al placer del agua, - Úhfff. !.-
                 Me sequé rápidamente pensando en una buena cerveza en el centro de la ciudad. Me acerqué a la Relojería, instintivamente. La puerta estaba entreabierta, un abrazo con dos besos interrumpen mis pensamientos.
- Hola Alberto cómo estás, dónde andas?- sin darme cuenta, desvío la mirada a una lata de zanahorias ralladas y me quedo sin saber que decir. Una voz, por detrás cambia la escena y preguntan si arreglan relojes; un hombre de unos ochenta años de aspecto muy agradable nos hace sonreír, - no caballero, la relojería hace tiempo que está cerrada, esto es una Abacería - le recrimina la mujer detrás de la barra.
Le devuelvo la mirada, y me decido por una cerveza, tomo un sorbo del botellín y la miro fijamente a  los ojos, ella se da la vuelta y prepara algo que no alcanzo a distinguir.
Pienso en Marisa y en Julia, sólo han pasado tres días pero parecen horas, incluso minutos, confundo los peces de la espalda con las direcciones que le he dado a Marisa en Ámsterdam, tuve que dejarla porque ya no podía arreglar más nada, ahora la solución con su marido la tiene ella.
- Qué tal en Ámsterdam Alberto -
- Bien!, he escuchado buena música y resuelto un asunto con Marisa.-
- Todavía sigues con ello?, tío de ahí tienes que salir, no te metas en más líos, vas a terminar jodido!.  Apártate que el asunto es muy turbio, anda dame un besito y quita  ya esa cara ! -
Me acerco a Asun y mientras la beso en la mejilla todo se me hace un mundo, de nuevo los besos de Julia, los excesos de Marisa, siento mi cabeza demasiado embotada, abrazado a ella, dejo pasar el tiempo, el sonido de la reja de la puerta al abrirse nos hace volver la mirada.
- Qué bien os veo, tengo un hambre, dame un vino! - la voz desde la calle de Alegría me enturbia  y la recibo con un efusivo abrazo, es una buena fotógrafa, un tanto particular con las azoteas, allá cada cual.
El bar, tremendamente, vacío nos hace hablar de intimidades, desde montar una tiendecita de Flores en la Plaza del Pan hasta una noche de sexo,... como es lógico también, un repaso a alguno que otro; yo agradezco que la profunda voz retumbante de un parroquiano habitual, no se encuentre en estos momentos sobre mis espaldas.
Al cabo de unos minutos Asun, cada uno que pasa más bella, decide cerrar y propone un café en otro lugar donde haya un poco de sol, aceptamos ambos y nos acercamos a un lugar cercano el Hotel-Cafetería Pompeia. Una mesa llena de sol nos dió la bienvenida, el resto entre risas se hizo más entretenido, en algún momento  me levanto con una excusa, cruzo el hall del hotel y un baño extremadamente limpio, al cual no estoy acostumbrado en esta ciudad, me da
 la bienvenida; al terminar y abrir la puerta observo en una pequeña pizarra" limpieza efectuada por SUSY a las 16.30 h.", me llama la tanto la atención  que
 se lo comento a ellas.
- Chicas Susy ha limpiado el baño a las 16y30, que buena es, da gusto
 entrar ! - comento retirando el asiento y volviendo a él.
- ¿ Que dices?- pregunta Alegría .
 - Está claro que la limpiadora ha dejado el WC. perfecto - comenta Asun; con una sonrisa los tres brindamos con la copa que teníamos.
La tarde cae con un aire fresco, ello me hace ir de nuevo al baño al cabo de varios minutos. Abro la puerta del servicio e instintivamente giro la cabeza para ver otra vez su nombre, el asombro me hizo cambiar el pensamiento de mear, un pequeño sujetador con un pequeño filo de rosas me deja boquiabierto, lo cojo con  una mano y lo levanto delante de mí, el espacio era tan pequeño que todo el allure de Susy estaba concentrado en mi boca.
En ese mismo instante se abre la puerta y una mujer o niña con una mirada dulceagresiva me inquiere - qué haces con mi sujetador en tus manos-, yo  lívido sólo acerté a responder - estaba colgado detrás de la puerta,
yo que sé -, - Anda dame - me contestó con suavidad, dándose cuenta lo incómodo que me encontraba, - me estaba cambiando porque ya he terminado y el baño de mujeres lleva dos horas ocupado - alargando la mano me quita del sujetador de las mías con un sonrisa - Gracias.-, con ello cierra la puerta, su sonido me recuerda a la erupción del 24 de agosto del año 79 dc., me vuelvo totalmente aturdido y decido pedir un café en el bar del hall y no salir hasta no encontrarme algo más relajado.
Apoyado sobre la barra del bar sigo pensando en ella, en el sujetador y en esa situación tan ridícula de la que no supe escapar; la mirada en el borde de la taza, una voz acompañada de un perfume reciente y turbador interrumpe el sorbo.
 - Ramón pon un chupito de güisqui que ya he terminado por hoy - vuelvo la mirada y agradablemente sorprendido le regalo una sonrisa, - Hola - devolviéndomela y atrevidamente apoyando su mano en mi hombro -Oye, perdona la culpa fue mía, lo siento -, se retira un par de asientos y bebe de la copa delicadamente.
- Señor, me pone otro igual a mí - dirigiéndome al camarero y mirándola hago el ademán de acercarme a ella, - Siéntate aquí, yo no quería estorbar, me llamo Susy -, - Yo Alberto - omitiendo que ya sabía su nombre y acercándome a ella su olor me envuelve.
- Me ha encantado conocernos en esta circunstancia, no me imaginaba
esta situación,... qué bebes? -
  -  Yo un Dyc, siempre ocho años, es magnífico para mi cuore -.  Mi mirada se dirigía hacia sus clavículas profundas y hacia sus ojos amarillos donde me  relajaba. Pensé en todos los sentidos de una crónica de muerte anunciada. Ella daba un trago pequeño y los labios se pronunciaban. Tuve un pensamiento que ejecuté y fue el futuro de la tragedia.
- Tu olor, me mata -..
- Cómo dices? -    
- Sí, tenía tu sujetador en mis manos, y estaba embriagado, ahora mirándote los labios todo me parece irreal, aunque estés delante de mí, todo es más
raro, no me hagas caso!  -. Me quería correr en todo su cuerpo.
- No te entiendo, da igual -
Ella me miraba con la misma sonrisa, que interrumpo para salir de la situación.
- A que te dedicas? -
- Joder!, soy limpiadora de Wc, fácil,...
y tengo que pagar mi estudio y los estudios de arquitectura, quieres una copa más en desagravio? -
Aún atónito asentí.  - Pero invito yo -  
- Lo siento pero no -. Me pone la mano en la mía, y ajustándose la tiranta del sujetador, vuelve a chocar la  copa conmigo.
Sin soltarla de mano, me atrevo a aceptar la copa.
Sólo algunos minutos o horas después me di cuenta de la posibilidad de amar,
ya no me acordaba de Holanda, de la espalda de la otra, pensé en Asun y en Alegría que estaban en la calle sentadas en un mesa. Salí rápidamente,  sólo
encontré los restos de los vasos, despedida a la francesa, que agradezco.
- Perdona, Susy iba a ver una mesa, una copa que tenía en la calle, voy pagar,
quieres algo más,... mejor vamos a otro lado? -
- Bien tú sabrás donde me llevas?-
- Qué le debo -­ . El camarero fuera de juego, - está todo pagado! -
A veinte metros del hotel, estábamos besándonos apasionadamente contra un platanero, mis manos ya tenían las tetas que tanto ansiaban, ese leve sujetador  
me excitaba todavía más, su saliva estaba en mi boca y yo le pasaba la mía,
bajé una mano hacia sus bragas y acariciaba su coño húmedo, eran las nueve de la noche y no había demasiada oscuridad, aún así la vergüenza la había perdido como en tantas ocasiones.
Varias horas después desperté, no se muy bien donde, la cama no era la mía y no estaba con mi ventana y la torre Pelli al fondo con sus balizas intermitentes, al cambio, muy cerca de mis pies había un sujetador con un pequeño filo de rosas.
Su pelo estaba sobre mi cara, eso sería lo que me despertó, me abrazaba la espalda y giré suavemente para no despertarla.
- Amor, cariño,¿ estás bien ? - Suavemente me repasaba la espalda.
Hacía tiempo que no me trataban con tanta delicadeza, ahora recuerdo que al entrar en este lugar me digo  A partir de ahora soy tuya, puedes hacer conmigo lo que te dé la gana, sólo recuerdos sus besos.
- Estoy en el cielo y tu cariño?,anda duerme- mientras le beso uno de sus pezones.
- Alberto estoy pensando que soy muy jovencita para ti -
 - Amor, tú que edad tienes? -
- veintiocho -
- Perfecto, veintiocho tú y veintiocho yo, la edad perfecta, cincuentayseis
que yo tengo. - Era una suma aristotélica y un poco de cabeza.
Me abraza fuertemente y me clava las uñas en la espalda mientras noto que su lengua invade mi garganta, su sudor se acrecienta y lo recibo en mi pecho. Le
muerdo los labios mientras gime y seco todo ese río con mi boca.
Sus tetas pequeñas, pero perfectas me dan todo el placer que necesito,
me pregunta si me gusta su cuerpo, mientras se corre en mi boca y luego la beso.
Eran las dos de la tarde del día siguiente, ella suspiraba en mis brazos, ya no puedo más me decía,... la tarde nos invitaba a un zumo y una copa de cava que
no recuerdo de donde salieron ,era la primera noche.
             Pasaron tres semanas.   Estaba en el bar con Asun , había comido en casa, y disfrutaba de un gintónic japonés, la Larios la ha comprado Sunsury, una empresa japonesa, no me lo podía creer pero ella con la misma sonrisa estaba allí, omnipresente como siempre. - Hola Alberto te echaba
de menos -. La abracé, y con un beso largo hasta la interrupción de sus dedos en mi boca , la volví a ver por segunda vez, las manos se me fueron hacia su pecho, reconocía su saliva.
Transcurrieron  los días, los meses, no sé donde quedábamos para amarnos, yo contaba los días, no perdón !, las noches: conté veintidos noches, quizás demasiadas.
Estaba en casa eran las cincoyveinte de la tarde, el sol acuciaba a la torre Pelli, el agua de  la fuente de mi terraza, y la música de Jimmie Vaugan me trasportaban a otros efectos.
Hice números veintidos, más una del primer día en que conocí ese bendito sujetador en los baños de Pompeia son mil noches, una suma un tanto extraña
pero apetecible.
Necesitaba una cerveza fuera de casa.
Cogí el ascensor, un taxi y crucé dos calles, las precisas, trescincuenta, tarifa mínima, el Hotel Pompeia estaba delante, yo quería agasajarla con las Milyunanoches, entré por segunda vez en ese lugar, me dirigí a la cafetería.
- Buenas tardes me pone un Dyc ocho años !
- Ahora mismo. Qué tal amigo? -
Hice caso omiso.
Después de dos tragos, me entraron ganas de mear.
- Perdón no me retire la copa, voy al baño. -
Cruzo el hall, cojo el pasillo, y llego al él.
Con la mano en el pomo de la puerta que se abre, veo a Susy con un sujetador en la mano y un tío con chaquetaycorbata que sale detrás de ella.
Una mirada entre los dos y una sonrisa fue suficiente para ambos, mientras yo abría la puerta del baño ella desaparecía, para siempre, acompañada de la luz de la calle que entraba a rudales por los ventanales del hall.
Comprendí que perdiendo en la vida, he ganado.
En mi cabeza chispeaban las notas de My Sweet Lord, apuré el güisqui y nunca más regresé a Pompeia.


lunes, 7 de abril de 2014

EL VUELO por Wi RR



Tenía mi mano sobre su coño, no exactamente, para ser preciso sobre un débil y suave camisón, eran las cincoyveinte de la mañana, notaba los pocos vellos muy cortos que cubrían su pubis en la palma, un leve calor recorría mi cuerpo. Sé que la quiero mucho pero no es mi pareja, somos amigos especiales con derecho a todo... ¡Una morena así  no se puede perder! Estos momentos son de los grandes placeres de la vida, es el paraíso terrenal, soy consciente de ello y eso refuerza mi felicidad momentánea. De todas formas somos muy diferentes.
Hace años que la conozco, nunca me había fijado en ella, un gintonic hizo el resto, para que luego digan que el alcohol es malo!,  la gente quiere opinar de todo, son unos incultos la gran mayoría , además de "demócratas"…¡Este país!...         Bueno Alberto, vuelve donde estabas, al coño que estás dejando  para ser tan infeliz como ellos. Julia me recriminaría por pensar así pero ahora está dormida y controlo yo el espacio de las sábanas.
La cena estuvo estupenda, un hilo de sudor le cae a lo largo de la espalda, lo arrastro con un dedo hasta un hueco que tiene en ella así logro llenar su piscina, pienso si yo he sido el único en descubrirla como tal, últimamente quiero arrojar peces al interior de su espalda, seguro que eso no lo ha hecho nadie...
Me gusta el sudor de sus axilas, me recuerdan textos de Margarite Duras, en ellos descubro la frescura, la intimidad, es donde posiblemente más la encuentre, donde más seamos.
Estiro la sábana, me preocupo si en la nevera habrá zumo para la mañana.
Me doy la vuelta en la cama y pongo mi culo contra el suyo. Pienso en su piel, su coño y me arrojo a él, Julia seguía dormida pero me abrió las piernas, cogió mi mano e introdujo un dedo dentro de él, se movía como una puta, estaba excitadísimo y empecé a refregarle la lengua por su vulva.
-¿Te gustan mis pezones? - me preguntaba mientras la  acariciaba, ella sacaba la lengua y me miraba muy excitada. Le confesé parte de mi amor, dentro de unas horas volaba a Amsterdam y se me estaban quitando las ganas de viajar.
Retiró bruscamente toda la ropa de la cama y me empujó por la nuca contra su pubis mientras me acariciaba, un líquido dulce y caliente entraba en mi boca, se agarraba las tetas y gemíamos de placer.
- Tiene usted el asiento de la ventanilla-, me indicaba una morena que nada se parecía a ella. Saltando el asiento de al lado, gracias a Dios vacío, ocupo un lugar demasiado frío. Me acaricio la cara y un suave olor a sexo hace que me lleve a chuparme el pulgar. Me veo reflejado en la ventanilla y dos horas y cuarto después aterrizo a dos mil kilómetros del rebujo de sábanas.
            Me estaba esperando en la puerta del bar,
el Café Jazz Alto.
- Hola Marisa cariño, ¿cómo estàs?

viernes, 4 de abril de 2014

MATADOR por Amano Lete



En el ruedo silencioso de la madrugada pasada, mi mirada fija quedó atónita ante la pantalla, una foto recibida me hizo sufrir en las carnes el veneno del toro.

La imagen de un estoque erecto y curvo inundaba por completo mi pantalla y acuchilló con un gemido mi garganta, mis labios inflamados no podían articular palabras, esa foto había abierto en canal mis ansias…

Pensé que si la foto conseguía tal efecto, qué no sentiré con el arreón de su empuje...

Su miembro descomunal apoyado sobre la femoral izquierda en un contraposto imposible se mostraba oferente y receptivo.

No lo he pensado dos veces, he pasado toda la noche con esa imagen rondando mis muslos, tiene que ser matador como ninguno... Lo he citado en el ruedo más cercano a mi casa, ya lo veo venir de lejos, no hay duda, trae su silueta bien remarcada, la sorpresa es que me trae a su cuadrilla, dice que el más joven toma hoy la alternativa, sólo oigo ruido de burladeros, es un acoso y derribo, ahora el matador lo aparta y remata la faena, como imagináis estoy de placer hasta las trancas, entendedlo, ahora mismo no puedo seguir con esto, estoy sola para el arrastre…

viernes, 28 de marzo de 2014

MAÑANA DE MARZO por Asun





Tras mi ventana reinaba la primavera aunque yo andaba distraída con mis cosas. Hace mucho que se me pasó el arroz y con él, hombres que de verdad me importaron. Aún hay algunos que me pretenden pero no provocan un mínimo deseo en mí, a veces, sólo algo de risa, la verdad, por lo que ahora cultivo telarañas.
Todo estaba en calma, pues, hasta esta mañana que dejó de estarlo. Me ha dicho que 'pasaba por aquí...'  no le he creído, le gusta aparecer sin avisar, tampoco lo hacía cuando no podía venir si quedábamos, cuando vernos era entonces, una hermosa costumbre, no es mala educación, sólo una práctica más de tortura, supongo.
Mi cara se ha iluminado con sus ojos mientras repasaba mentalmente el estado de mi maquillaje, pelo... coquetería femenina pa ná, da igual, me ha besado antes de que pudiera casi saludarlo.
Primer pensamiento: es un fresco, soy una tonta; segundo pensamiento: frescos son sus labios, soy dichosa. Dejo de pensar y disfruto.
Me quita la ropa a medias. El vestido, desabrochado, huelga sobre mi cuerpo estorbando, un pecho asoma por el sujetador, casi haciéndome daño, las bragas se quedaron por encima de las rodillas... Sin embargo me siento cómoda y sobre todo, bella, sensual, viva. La primavera entra en mis venas de golpe, el olor de su cuerpo me invade como mil azahares. Me dejo llevar por sus manos: ahora me hacen gozar con sus dedos, luego me colocan arriba, de espaldas o de rodillas y culminan siempre acariciando mi cara. Es un amante certero pero reservado. Nunca sé que piensa si es que hay que pensar algo de todo esto. Nunca lo llamo, sólo lo espero. Volverá, me dice, pero no sé cuando, quizás una mañana como esta de marzo, quizás.

domingo, 23 de marzo de 2014

CARTEL por Hodenleiter




Le dije una y mil veces que no me convencían los carteles de las fiestas primaverales. Que les faltaba verdad. Que no conseguían plasmar la explosión que se produce en las calles, cuando estalla el azahar y la ciudad se convierte en una muchacha que arde por las esquinas.

-Te voy a enseñar un cartel, a ver si te gusta...

Me lo dijo y se fue de la habitación. Al cabo de un tiempo que se me hizo eterno, regresó. Desnuda bajo el mantón negro bordado en rojo. Me miró con esos ojos que parecen los del puente de Triana. Su boca iba de la sonrisa a la lascivia, de la lujuria a la ternura. Se colocó delante de mí.

-Aquí tienes tu cartel...

Y como un torero se abre de capa para recibir la primera embestida del toro, se abrió el mantón para que mis pupilas temblaran ante la onda expansiva de sus pechos. Dicen que un buen cartel debe ser un grito en la pared. Aquella noche, los gritos traspasaron las paredes hasta llegar a la luna llena de marzo.

viernes, 28 de febrero de 2014

EMPERATRIZ

Ilustración: Raquel Suero

Baile de máscaras. La publicidad no daba lugar al engaño: disfraz libre y máscara obligatoria. Una cuestión de anonimato para la más sugerente de las fiestas.
Cuando opté por transformarme en Casanova no podía intuir que los deseos y las realidades podían formar una pareja tan indisoluble: encajes, sedas, terciopelos y peluca pedían toda una emperatriz para satisfacer mis deseos. Y ha llegado, vaya si ha llegado. En medio de una monotonía de enfermeras trasnochadas, de monjas irreverentes, de brujas narigudas, de policías bien dotados, de generales engominados y de beneméritos provocadores, ha llegado ella, el verdadero cuerpo de la fiesta. Porta una máscara. Y un disfraz tan libre que ha llegado a parecerme inexistente… Cuando ha accedido a bailar conmigo me ha explicado algo sobre un traje nuevo, sobre una tela especial, sobre la magia de una prenda que sólo pueden apreciar los inteligentes y aquellos que sepan interpretar bien su profesión. No sé si es la noche, la magia, el alcohol o el calor de su cercanía, pero hay algo que me confunde. Bailamos más que pegados y mis manos parecen resbalar por una piel desnuda que pasa de tibia a caliente, por unas curvas que pasan de espalda a honestidad perdida, por un cuello que pasa de sugerencia a rotundidad de unos pechos cuya dureza invita al más profundo de los exámenes. Traje nuevo. De emperatriz, creo que me ha dicho. Cuando mis manos se dejan caer entre sus piernas no parece haber obstáculo a la voracidad de mis dedos y no creo recordar aquello de la inteligencia para comprender la calidad de sus pretendidos ropajes. La música apenas camufla un largo y suave gemido en la noche de la apariencia.  Acaba el vals y parece haber terminado un sueño que no sé si he llegado a protagonizar. Baile de máscaras. La ardiente humedad que chorrea entre mis dedos parece confirmar mi sentido de la realidad. Ya puedo confirmar que la emperatriz no ha salido de ningún cuento. Ni colorín. Ni colorado.  


lunes, 24 de febrero de 2014

SENTIR por Martini



El leve ruido de la lluvia de aquella mañana de invierno le despertó.
Aún era temprano. Estaba sola en casa.
Dejó que su cuerpo, perezosamente, se deslizara entre las sábanas.
Se incorporó y se vio reflejada en el espejo que tiene en su dormitorio.
Esbozó una sonrisa, picara y alegre, cuando le recordó;
su primer pensamiento fue para él.
Y allí, frente al espejo, dejó rienda suelta a su imaginación.
Deslizó sus manos sobre sus pechos y las fue bajando lentamente
hasta alcanzar su sexo.
Sintió que él la iba desnudando, despacio, casi ceremoniosamente.
Sintió el calor de sus labios recorrer con sus besos su piel deseosa.
Sintió que su cuerpo se erizaba y se encendía como una hoguera.
Se abrazó a si misma, imaginando que su amante le llevaba por los
caminos del placer, mientras que su sexo, excitado, humedecía sus braguitas de encaje.  Se sintió deseada, feliz, afortunada…. mientras imaginaba la dulzura de su voz.

domingo, 16 de febrero de 2014

EL ALBERGUE por Humberto G.



Compartir la habitación con una extraña siempre puede traer consecuencias imprevistas. Lo pude comprobar hace ya tiempo en lo que llamo mi primera madurez, o última juventud, tiempo en el que todavía no me había acomodado a las rutinas y las bellezas de la cama propia, la habitación serena y las sábanas de hilo blanco. Viajaba sin maletas en aquel entonces y sin lugar fijo de residencia, por un tiempo. Solo y sin saber casi nada de la vida, en fin.
Acabé aquel día en un albergue y en una litera mal llamada. Tenía barrotes como de cama de sanatorio que había visto en películas de guerra. Recuerdo que pensé que sólo quedaba que apareciese la enfermera hermosa con cofia y uniforme celeste. Era un romántico (no sabía nada de la vida).
Una larga caminata buscando no me acuerdo qué me tenía reventado así que no me dio ganas más que de desvestirme y acostarme en la cama de arriba de la litera en aquel cuartucho vacío. Un albergue vacío, la noche, el cansancio: me quede dormido enseguida (era joven).
A media noche, sin embargo, me despertó un ruido. Alguien entró con cuidado en la habitación, se desvistió en la oscuridad y se metió en la cama de debajo de mi litera. Con el rabillo del ojo, semidormido, no pude, sin embargo, evitar cerciorarme del sexo de mi acompañante, por si acaso. Con extrañeza y regocijo vislumbré la forma de unos senos y con ese pequeño robo que me pareció una suerte deliciosa, me adentré en un sueño consolador, hasta cierto punto maternal, y quedé otra vez dormido.
Me desperté de nuevo, no sé si pasó mucho o poco tiempo porque lo pasé dormido y la luz no había cambiado. Un sonido fue el causante de esta nueva interrupción. Un sonido, o una queja... un suspiro o un gemido... :todo ello unido quizás. Mi compañera de litera se estaba masturbando.
Intento hacer memoria. Hago memoria desde entonces para rescatar todos los detalles, para completar el cuadro en toda su cruda y obscena realidad. Era joven y audaz pero mis vivencias eran limitadas y la masturbación femenina era todavía un concepto teórico muy lejos de ser un hecho desvelado, claro, vivido.
Intento recordar aquella escena y ya no sé qué es realidad y qué imaginación. Ella resoplaba como si de dentro surgiera un vaho que pudiera llegar hasta mi: visible; como un rugido sordo pero audible. Notaba acercarse, como una locomotora, la velocidad, porque la respiración era cada vez más rápida, y la litera sufría ya un mecerse que parecía el de un palio de mi tierra. Recordé mi tierra en aquel momento, y el recuerdo me resultó incómodo. Miré, sí. Me asomé. Pero sólo un poco. Si no le importa hacer ruido ni tampoco mover la litera, no le importaría que mirara. Desnuda, de cintura para abajo (una camiseta blanca), se contoneaba encima de la cama, con dos dedos, el índice y el medio de la mano derecha, metidos hasta la empuñadura (otra vez me acordé de mi tierra, un par de semanas después que la otra vez), la base, quiero decir de sus dedos. Como un amasijo de vello suave, esponjoso, voluminoso, que se veía subir y bajar al compás de un chapoteo, que ya se oía, su rugido, cada vez más fuerte, y el movimiento de sus dedos y sus caderas.
El tiempo no existe y la sonrisa no debe existir en ciertas circunstancias. Nunca me he puesto más serio que en ese momento, y tampoco recuerdo el tiempo que duró. De todas maneras el recuerdo hace de aquel momento algo inmortal o tan mortal como yo mismo.
Yo no hice nada. Ni con ella ni conmigo mismo.
Se corrió salvajemente: gritando. Se tapó con la sábana y se durmió después de susurrar:
-Buenas noches.
-Buenas noches -contesté con un sonido casi inaudible en medio de un silencio sobrecogedor.
No acabo de asimilar que podía mover a una joven a deleitarse consigo misma en aquella estancia, en circunstancias tales. Con un hombre que no conocía de nada durmiendo encima, en una litera inmunda. Un acto de exhibición salvaje como nunca he visto.
Para cuando me desperté ya se había ido. Había dejado las sábanas allí, hechas un desorden, miré las sábanas y de sus arrugas parecía emanar un olor dulzón y agrio a la vez, un olor casi visible, el olor de la obscenidad.

miércoles, 12 de febrero de 2014

APOYADA EN EL QUICIO por Assumpta




Apoyada en el quicio, no de la mancebía sino de la puerta de mi bar, lo veo pasar cada mañana. Ventipocos años envueltos en ropa deportiva recorren la calle con un trotecillo alegre que me hace tragar saliva.

Me recreo en sus movimientos, en la perfección de sus piernas, en su pecho jadeante, en su boca... le miro todo el cuerpo con descaro. Nuestras miradas se cruzan, y como no tengo nada que perder, le sonrío. Él sigue con su dulce trotar sin inmutarse. 

Hoy llueve a mares, mi adorado muchacho no saldrá a hacer deporte, pienso. No hay nadie en el bar ni en la calle. Aburrida, miro el reloj, con ganas de irme ya. Entra. Sus ojos lo iluminan todo.

-          ¿Qué vas a tomar? le digo con cortesía.

Veo que tiembla al tomarse su refresco. Mi imaginación ya lo ha desnudado e intento frenar mis muslos que sueñan con atraparlo.

Me coge del brazo diciéndome:

-          Voy a ser muy directo: me doy cuenta que me miras siempre que paso por aquí. ¿Quieres algo conmigo? Yo sí… no dejo de pensar en ti. Perdona si te…

Lo callo con un beso. Para poca vergüenza, mejor ninguna. Apago las luces, cierro la puerta del bar y me meto bajo su paraguas. Me agarra por la cintura mientras caminamos en silencio hasta su casa que está al final de la calle. Nunca un trayecto tan corto me ha parecido tan eterno, ni la lluvia tan seca, ni el frío tan indiferente.

La leona espera con aparente paciencia que su gacela abra la puerta cuyas llaves parecen esquivas. No era la primera vez que estaba con alguien mucho más joven. Llevaré yo las riendas, pensé, la juventud puede ser tan bella como inexperta, pero me equivoqué. Y tanto que me equivoqué: ¡miauuu! Gata ilusa que es una.

-          Lo vamos a pasar muy bien, te lo prometo. Me dice con seguridad.

Apoyada en el quicio, esta vez de su habitación, me deleito viendo como se va desnudando, pero su hermoso cuerpo no puede competir con su rostro. ¡Vaya hombre más guapo por Dios!

Mi cuerpo se paraliza ante tanta belleza junta. Es él, quien con besos, con caricias, me va quitando la ropa y relajando poco a poco. No sé cuántas manos siento por todo mi cuerpo. Dos, pero son muy habilidosas: tocan, acarician, hurgan, dominan... Me tumba en su cama haciéndome poner mis pies sobre sus hombros. La postura es de entrega total, su boca rápidamente se hace dueña del lugar. Su lengua me da un repaso que sus sábanas y yo nunca olvidaremos. ¡Cuánto sabe esta criatura!... Aquí la inexperta soy yo que no puedo controlar mis gemidos que se han convertido en los gritos dislocados, histéricos y sin ritmo de una primeriza. Exhausta y bastante empapada intento corresponderle pero no me lo permite. Me arremete como un toro bravo, aunque con nobleza, mientras me susurra:

-Así te imaginaba cada vez que te veía apoyada en la puerta, así… así… así…

Sus embestidas no solo me dan más placer del que ya acumulaba sino que me espabila y despierta del delicioso yugo de su voluntad. Tomo las riendas. Lamo sus ingles, muerdo sus muslos antes de saborear el manjar que rendido, pero no humillado, queda postrado ante mi boca. Ahora soy yo la que devora a esta gacela traidora, ahora es él quien suplica, quien está a merced de mi lengua. Me detengo, lo dejo con la miel en mis labios, quiero devolverle las embestidas anteriores pero el fiera de mi niño, de mi hombre, tiene otros planes para mí.

Al oírle decir que tengo que relajarme intuyo por ‘donde van los tiros’, sobre todo cuando ya lo siento en mi espalda.  

Decide aprovechar las dos opciones que tiene por delante (en mi caso, detrás). Con una se esmera con suavidad, la otra con ímpetu, vuelve a la primera, parece que se recrea, pero retoma la anterior, con esmero. Me pregunta:

 - ¿por aquí?- y cambia.

- ¿o por aquí mejor?- vuelve a cambiar.

- dime, ¿por dónde te gusta más?- sabe que no tengo respuesta

- ¿prefieres esto?

- Ah… veo que esto más… o no? A ver…

Sigue preguntando y alternando, mis gritos ya me impiden escucharle, hasta que el placer nos vence a los dos.

Apoyada en el quicio, veo en el espejo a una mujer agotada pero que sonríe feliz. Sigue lloviendo a mares.