Jadeante se echó a un lado. Me hizo sitio. Sudaba y emitía un calor
rosado. Respiraba por la boca. Había dejado de contonearse, quieta, boca arriba,
tuvo un escalofrío.
-¿Te has corrido?
-Todavía no.
-Bueno. Mañana entonces acabo contigo ¿Vale?
Me dio un beso de buenas noches, se dio la vuelta y se dispuso a dormir.
-No vale.
Al volverse, me había dejado la abertura entre sus piernas que dejaba entrever
su vello púbico.
-Bueno, pero hazlo tú todo, que estoy cansada -dijo sin moverse
La cogí de la
cintura, como un peso muerto. Sólo conseguí ponerla boca abajo. Al empujar
arrugó la nariz y abrió la boca en expresión como de queja. Entró fácilmente en
las primeras embestidas pero en una de ellas se salió y en la refriega, sin
darme cuenta, entró por aquel lugar que siempre dijo que no, por el hueco del
que siempre reía para frenarme y que decía inmaculado y virgen, no, yo nunca,
y, sin embargo, entró con la facilidad con que se habría introducido un dedo
jabonoso. No se quejó, ni protestó, ni se movió, ni lo expulsó, y yo terminé
sin obstáculo alguno convencido de que el recorrido vital de quien estaba
acostada a mi lado iba más allá de las verdades que me había contado y se
adentraban en lo imaginable detrás de
las negaciones, las sonrisas y las preferencias. En la misma postura,
con mi savia dentro, se quedó dormida como un animal pecaminoso, sudado, dejado
caer desde lo alto, boca abajo.
Solo se rascó la
nariz y se durmió dejándome a mí toda la intriga.
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