miércoles, 15 de junio de 2011

HOJA DE DIARIO por Juanma Márquez

Puse mis manos abiertas sobre sus labios cerrados y, con ello, di por clausurada aquella noche. Tras pactar armisticio con un fantasma que tengo por psicoanalista, abrí silenciosamente las páginas amuralladas de este diario y me puse a escribir mientras ella dormía. Invoqué entonces a las palabras más amables que soy capaz de usar y miré su cuerpo desnudo, levemente tapado o cubierto por la misma ropa de cama que habíamos descartado hacía sólo unos minutos, entregada a los sueños, con las piernas a medio abrir o medio cerrar, con las manos vacías y dejando ir las últimas huellas de la erección que habían retenido, mi erección entrando en su cuerpo que la recibía.

El silencio de la madrugada era un aliado, un perro fiel que dormitaba, una butaca vacía en primera fila del teatro de la noche. Ella se llamaba Irina y yo, una vez más, intentaba olvidar mi nombre. Nos habíamos amado como si nuestros cuerpos fueran dos ríos navegables, aquellos ríos en los que Heráclito no fue capaz de bañarse por segunda vez. Tanta filosofía para eso, para nada, para un baño imposible. Yo me sumergí en las aguas de Irina durante varias horas porque su cuerpo amante era una inundación inevitable, una invitación al submarinismo, una caída tan libre como deslizante. Nos habíamos amado aquella noche como si hubiera sido una misión, cabalgando sobre deseos que habían esperado demasiado tiempo entre bambalinas, aminorando la cadencia de los besos para que fueran quedos y acelerando el ritmo de caricias que no estaban marcadas.

Fuimos aquella noche dos sexos descubiertos, un par de cuerpos desnudos que se tocaban, fuimos piel electrizada, fornicación en medio de la selva y pátina de ternura en la mirada. Fuimos los amigos de años que decidieron descartar los dictados del catecismo y obviar la educación recibida y mezclada con la leche materna, con la papilla infante, con el gel de baño. Fuimos lo que quisimos ser.

Recuerdo que Irina gimió con gravedad durante un orgasmo que fue alcalino, tan inacabable que permitió y esperó la llegada del mío sin urgencias, sin necesidad perentoria y sí detenido, pausado, casi con calma. Yo pensé entonces que de la decisión primaria entre ambos, echar un polvo amigo y animal, habíamos desembocado en un mar llamado hacer el amor.

Y se quedó dormida Irina. Y abrí las páginas amuralladas de este diario para que se impregnaran de su olor más húmedo. Y me puse a escribir esperando que despertara. Y al cabo despertó en unos minutos. Y nos bañamos un par de veces más en el mismo río. Y que le den a Heráclito y a todo el pensamiento de la Filosofía Occidental. Y eché el telón. Y cerré el diario.

lunes, 13 de junio de 2011

VENENO por Teresa Puig

Hotel Burnham. Chicago. 16.30 horas.

De aquella tarde recuerdo el calor denso y húmedo. Recuerdo el rumor leve del ventilador agónico a lo lejos, el murmullo sordo retumbando en mi vientre y los lamentos cuando son placer y mueren contenidos y secos antes de salir de la garganta. Recuerdo, también, haber pensado que los hombres, desnudos, sois débiles, inocentes, desvalidos, y que cualquier cosa puede mataros cuando la cuestión es dar la talla. Reconozco, sin embargo, que aquella tarde plena de almíbar colmaste el vacío entre mis piernas. Adherido a mis caderas me susurrabas y, al fin, llena de ti, mujer saciada, pensé que el deseo y la pulsión humana son más abrasivos que el amor. Casi veneno.

No me resultó difícil coger el arma del segundo cajón de la mesilla. Conmigo aún encima estabas extenuado, consumido, confiado, y ya no importaban el método, el sentido o la vergüenza. Las reacciones desmedidas, ahora lo sabes, son mi plato favorito, y puedo actuar con mucha rapidez cuando me lo propongo, qué te voy a contar. Por eso el padrino decidió bautizarme como Crótalo del desierto. Ya casi no recuerdo mi verdadero nombre.

Con el arma en la mano, la inmundicia fruto del vicio, el crimen y el sexo deshonesto se mezcló con la densidad del calor aquella tarde. En el ambiente flotaban la procacidad, el cinismo y la indecencia. Recuerdo que me miraste las tetas por última vez. Yo pensé que eras un cerdo mientras te apuntaba directamente al pecho. Estabas tan asombrado que ni siquiera abriste la boca, así que decidí hacerlo yo.

-Dime quién te envía.

-¿Co... Cómo?

-¿Ahora eres sordo? Dime quién te envía.

-Yo... No...

Quité el seguro del arma. Me encanta ese click.

-Morelli... Mikael... Mikael Morelli.- Pensé que, definitivamente, eras imbécil.

Apreté el gatillo y el silenciador hizo del disparo un susurro. Un rastro de sangre oscura empapó las sábanas en la cama de aquellos que se amaron. La sensación que queda, en mi caso y para ser más exactos, es como de cierta ingravidez.

viernes, 10 de junio de 2011

DOCTOR

Usted no me creerá, doctor pero le puedo asegurar que me resulta familiar esa mirada, aunque yo la suelo sentir multiplicada, que noto la misma frialdad en mi espalda pero el mismo calor en mi delantera, el mismo deseo y las mismas ganas; que noto el susurro que lanzan mis braguitas caídas tanto allí como aquí, que me dan tanto placer las miradas anónimas como la exploración científica, que me gusta la medicina pública pero también la privada, que se estremecen mis poros tanto con el látex ajeno como con el dedo propio, que disfruto allí pero también aquí, que mi depilación gusta a los que desconozco y a los que me conocen, que se parecen demasiado mis juguetitos y los cacharritos de su consulta, que mi sexo se contrae al ritmo de miles de respiraciones lejanas y al compás de un diagnóstico cercano, que noto brotar la humedad de mi interior bajo el sol que todo lo inunda y bajo el foco que todo lo aísla, que me gusta tanto abrir las piernas aquí como en la azotea de mi casa…

Con una leve y comprensiva sonrisa el doctor permaneció callado ante la confesión de la paciente. Su vecina sólo había confirmado la idea que, hacía ya tiempo, tenía de ella…

lunes, 6 de junio de 2011

DEDOS DE AZÚCAR por José Perona


Llenas la inocencia de mi cuerpo

de un silencio dormido,

de una lentitud, que deshilas

la virginidad de mi vientre

con tus dedos frágiles de azúcar.

¿A qué rincón de mi piel besarás

cuando la tarde caiga?

¿Tendrás aliento en tu boca

para cuando llegue la noche?

Pararé el tiempo

durante un instante

para que tus manos recorran

la desnudez de mi alma.





domingo, 5 de junio de 2011

CUENTO (PORNO) DE LA LECHERA

Creo que me estoy poniendo nerviosa. Espero que no se note. Es que no sé por dónde empezar. Quizás la mejor sea ésta, la más cercana, que ya decía mi madre aquello del caballo grande, ande o no ande, aunque este tío es más un semental de pura raza que habría que cuidar como una especie en extinción… ¡Huy! La siguiente, no me cabe, con perdón, duda, será la del canijucho flautero, lo tengo comprobado, a éstos les tarda en llegar pero cuando notan la humedad de mi campanilla pasan de flauta travesera a clarinete portentoso en el que se pueden tocar todas las escalas… Pero para escala, la del negro. Creo que va a ser el siguiente. Otra dimensión. Mientras le toco la tableta de chocolate, negro, nunca mejor dicho, y acaricio sus dos depiladas protuberancias, me acuerdo de esas salchichas Franfurkt del bar de la playa, y no sé por qué se me viene a la mente el bote de mostaza gigante que la acompañaba, sí aquel que apretábamos para escurrir hasta la última gota… ¡Huy, se ha quejado! No creo que eso estuviera en el guión… Después del negro, el blanco, contraste que lo llaman, aunque éste parece salido de un videoclub de barrio de los años ochenta, el muy cutre, que de gorda no nos podemos quejar, pero de sabor anda algo discutible, con leves aromas marineros que no me agradan y mucho menos los pelos que empiezan a dificultar mi labor, que ya lo decía yo, que éste se quedó anticuado y no entiende de cuidados personales, seguro que cuando lo invitaron al gang bang pensó en algún chicle de su infancia, y hablando chicles, lo suyo tiene poco de bazoka y mucho de boomer, por aquello de la flacidez, me temo que se me está notando en la cara y encima creo que el tipo anda mal de puntería… Después del gordito juguetón me reservaré al cachitas, pero creo que antes probaré con el macarra de los tatuajes, sí, así, sin duda, buena erección, digo elección, amorcamada, anchota, mis labios no dan abasto o a tronco, que este es Rey de bastos y hasta sota, ¡ay que bruto!, no corras bellaco, y no te corras, que me voy a acabar tragando hasta el dragón y las dos águilas de tus tatuajes, so bruto, animal, no corras, que los manjares hay que paladearlos, no corras, te digo, que la película es de largo metraje, como el tuyo, so fiera, y hay mucho todavía por delante, espero que no por detrás, ¡ay bruto!, no corras, so bruto…

- ¡Coooooooooortennnnn!

Evidentemente algo ha debido ir mal. No nos han salido las cuentas. Ni los cálculos.

Bukkake fallido.

Habrá que empezar de nuevo…

miércoles, 1 de junio de 2011

CANCIÓN EN SILENCIO MENOR SÉPTIMA por Jesús R.

Odio

Que todo sea tan perfecto.

Me estremezco,
con la rodadura, que da el sedimento
de tu cintura, y mis manos
en tu cadera, se pierden.

Aparecen, sin embargo,
en tu pecho.
Y asqueo,

el momento en que se separan.

Apoyo,

los antebrazos, sobre la cama.
Tu pelo, mis uñas, detrás de las orejas.
Mis índices, entonces, rodean tu pescuezo

y de mis pulgares, tu miedo, a que apriete la garganta.

Luego, la nuez, sola, retrocede

con lo que susurro, llegado el momento.

"El equilibrio, de tus formas,
es bemol de mi sostenido.
Y en mi aliento, el abismo
del silencio, en nuestra melodía
que es el contrapunto."