domingo, 21 de noviembre de 2010

CONDICIONAL SIMPLE por Maríapan

Tendría que arrancarte el último beso, estrujarme las comisuras de los labios hasta desgarrarlos y frotar mis pezones rosas para convencerme de que eres real, porque no lo pareces.

Me jugaría el semblante a todo o nada con tal de saborearte de nuevo y de palparte otra vez.

Actuaría de manera magistral, el penúltimo papel, actriz de reparto… para conseguir ser una extra más entre tus piernas, agazapada bajo el son de tu sexo henchido.

Arrastraría mis pechos, desde la punta de los dedos de tus pies hasta tu nuca observadora, me comería todo y me tragaría los restos, lo que tú no quisieras…

Comenzaría restregándome, encima de ti, calmada… y te acabaría arrancando el pelo y mordiendo el labio inferior: un mordisco palatal de mandíbula desencajada.

Te dolería no saber parar porque no podrías parar, sólo saldrías a bailar encima de mí, relinchando.

Me arriesgaría a cogerte las manos y besarte la barbilla, a cerrar los ojos… me arriesgaría a tumbarme para que me embistieses ensimismado y te desmayases de gusto.

Cancelaría todos los amaneceres que tengo en la agenda y te los regalaría si me mirases y me dijeses: sí.

Gemiría y gemiría como una perra en celo o como una gata en celo o como una mujer… en celo.

Mascaría tus huesos, uno a uno; tus falanges una a una, tus voluptuosidades una a una, tus prominencias…una: la succionaría.

Saldría a la calle desnuda y gritaría que no te conozco, que nunca te vi, que los restos de saliva eran los míos propios y me iría a casa a guardar tu olor en una caja de muñecas.

Te intentaría besar poco y amar mucho, chupetearte el perineo y colocar tus dedos en la parte de mi que me hace ser yo, ahí donde pusiste tu boca y se quedó.

Si declinase el condicional simple… te contaría que…

- Me gustaría follar contigo –

… pero, eso… ya te lo he dicho.


martes, 16 de noviembre de 2010

MÁRCAME por Maribel R.

Tumbada en el suelo, de costado, me acaricio con la yema de los dedos el antebrazo, buscando lo que sé que hoy no voy a encontrar. El suelo es un buen cómplice en momentos de ardor frustrado. Otras veces, exhaustos, has sido tú el que recorría el camino de las señales en mi piel, que tatuabas inconsciente en cada encuentro de nuestros cuerpos. Ser tan blanca, casi traslúcida, me ayudaba a conservarte. Cuando me agarrabas se hacía más intenso el deseo, la espera de lo inminente, del dolor que no duele. ¡Qué largo el eco de estas palpitaciones! ¿O acaso tú no sucumbías a la energía común cuando me atrapabas las piernas con tus rodillas, o me sujetabas las muñecas contra la almohada? Porque nunca como entonces hacían tanto efecto tus besos en la raíz de mi pelo, tu lengua rastreando la comisura de mis labios.

Sigo buscando, tumbada en el suelo, las marcas de las tardes en las que me atraías hacia tu sexo mientras me atravesabas compulsivamente, y tus dedos se clavaban en mis clavículas; en esos momentos pensaba en Bernini, y me reía del mármol que no cambia. Pero ahora sigo sin encontrar el rastro amoratado de nuestra complicidad. Antes, el cambio de color de mis huellas marcaba el tiempo de la distancia entre los dos: peor el verdoso que el violáceo, peor el pardo que el verdoso. Y, finalmente, la disolución. Reinvento, tumbada, tu vuelta, y en todas las versiones surge el miedo de que ya no reconozcas un cuerpo que ha dejado de ser el libro de visitas del deseo común. Sé que será difícil. Tendremos que encontrarnos como amantes desconocidos y recuperar la confianza de nuestros forcejeos. Me verás como a una extraña. Y te sonarán como nunca oídas mis súplicas para que me muerdas. Pero necesito asumir el riesgo. Soñar que mis pezones recuperarán el color de las frambuesas. Porque aquí, en el suelo, me desvanezco a medida que desapareces de mi piel

domingo, 14 de noviembre de 2010

Truco de magia

- - Señorita: soy mago, le echo un polvo y desaparezco…

Con tan manida frase pretendí conquistarla y pareció que lo conseguí. Sobre todo cuando desnudó su cuerpo y se cubrió con aquella capa de raso proponiéndome jugar. Sus formas esculturales despertaron todos mis deseos de juego. La curva plena de sus pechos, la rotundidad de sus caderas, la profundidad de su sexo… algo debió nublar mi razón cuando me tendió en aquella mesa revestida con telas de estrellas. El cajón y la sierra tampoco me parecieron una señal de alarma… Mientras me desnudaba y me tendía en aquel solemne escenario sólo atendía a la dureza de mi entrepierna… Debí sospechar algo cuando sacó la varita mágica…

En el cuarto oscuro en el que me encuentro parece reinar la soledad. Ilusionismo, que lo llaman. Me parece estar rodeado de pañuelos de seda, cartas marcadas, confetis de colores, figuritas de papel y hasta por algún cuerpo aserrado en dos mitades… Creo que la maga era ella.


viernes, 5 de noviembre de 2010

SESENTAYNUEVE


- Un día le diré que me gustan rasuradas
- Un día le diré que me gustan depilados
- Me gustaría probar un día arriba y no abajo.
- Me gustaría probar un día abajo y no arriba.
- Cualquier día le digo que su lengua corre demasiado.
- Cualquier día le digo que su lengua es demasiado rápida.
- Un día de éstos no me contendré.
- Un día de éstos no podré contenerme.
- Otro día le diré si se traga todos mis flujos…
- Otro día podría tragárselo todo…
- Cualquier día me muero de gusto
- Me muero de gusto cualquier día.
- Hmmm
- Hmmm
- Un día cualquiera se lo digo…
- Cualquier día se lo tengo que decir…
- Mi mujer…
- Mi marido…
- Cualquier día se enterarán de lo nuestro…

miércoles, 3 de noviembre de 2010

LA SONRISA VERTICAL

Mi infancia estuvo marcada por mi nombre. Mi maldito nombre. El de mi vergüenza… Creo que fue el motivo de esa jodida timidez que escondí bajo una fachada de atrevimiento. Por eso me inventé aquel juego. Por eso y por ella, la niña de la sonrisa eterna que acompañaba mis mejores sueños. Era un acto único, sin preámbulos ni preliminares. Con un escenario perfecto. En el marcado rectángulo que formaban las baldosas de la calle las abordaba con el gesto serio del matón que nunca fui: «¡La que se salga del rectángulo, se tiene que bajar las bragas». En el fondo, a mí sólo me interesaba ella. Siempre ella… Parecía faltarle el tiempo, se ruborizaban sus pómulos, se iluminaba su cara y le brillaba la picardía de sus ojos. Aparentaba volverse patosa y con un torpe movimiento mal disimulado se salía de los límites de la baldosa. Era el momento soñado: las bragas, en los tobillos. La niña de mis ojos se convertía en la libertad soñada, sin pudores, ni vergüenzas. La verdad desnuda frente a un mundo condensado en un tímido niño con disfraz de adulto. Sonreían sus labios y sonreía su sexo disfrutando con mi cara de sorpresa. Nunca dejó de sorprenderme…

«Bájate las bragas» le he dicho después de sortear baldosas de límites inconcretos. Ella ya es toda una mujer, aunque mantiene la picardía infantil de sus ojos. Las bragas han vuelto a caer hasta los tobillos. Sonríen sus labios y sonríe su sexo. Ahora se concentran allí mis sueños y sus deseos, su mundo y el mío. Me ha dicho que siente vergüenza. Tendrá que olvidarla. Como mi nombre. El de la mía. Me llamo Domingo. Mi vida es, desde hoy, una continua fiesta. Como la infancia. Una fiesta de guardar…

martes, 26 de octubre de 2010

A QUESTION OF TIME

“Llevamos la vida en traje de reloj”. No sé quién coño dijo la frase, pero se me vino a la mente cuando aquel sudoroso recepcionista del hotel nos cobró la habitación por anticipado. Me adelanto al tiempo, dijo el cabronazo. Tiempo de placer, pensé, aunque corto me lo fiaban. Tiempo pagosá, dijo ella, aunque su sentido del tiempo distara mucho del nuestro. Ella era así: muy juguetona, algo jaquetona y con recuerdos de la jinetera que, tiempo atrás, muchos decían que fue. Así era Juana la Correcaminos, campeona de atletismo, un apodo de doble sentido proveniente de un tiempo lejano. El tiempo que no me sobraba. Yo soy de los de hecho y por derecho. De los que mete mano directa y de los que palpa donde haya. Y no me gusta correr. Aquel enorme pandero reventón, aquel tanguita a punto de estallar y aquellos pezones generosos merecían mi tiempo y el del mundo… Mundo, demonio y carnes mulatas tensadas a golpe de cronómetro y de nuevas marcas. Como la marca de récord que llevábamos: ella en posición de salida, con la mirada al frente y hasta el último músculo de sus piernas en tensión. Yo por detrás… No en el tiempo sino en la postura. Una carrera de fondo. Con ritmos y pulsaciones acompasadas: las de sus pezones bailando ante cada acometida. Cadera, nalga, cadera, nalga, Delante, detrás, delante, detrás… Yo que no alcanzaba a llegar y el tiempo que me alcanzaba a mí… Pasaban minutos y hasta horas. Del medio fondo a la larga distancia. Sudaba hasta mi último poro. Cronómetro por montera y la meta que no llegaba. Y eso que estaba a punto. Podía intuirla en el horizonte. Tiempo al tiempo. Sudores aparte. La foto finish la hizo el puto recepcionista llamando con fuerza a la puerta en el sprint final. No olvido sus palabras:

- No es cuestión de correr… se acabó el tiempo, dijo con su estúpida voz.

- La cuestión es correrse, pensé para mis adentros.

- Mi amol, el tiempo es la cuestión, me escupió entre jadeos la atlética Correcaminos…

Aquel día comprendí por qué a mi santa esposa no le gustan las Olimpiadas…